Uno de los casos de asesinos seriales mexicanos más conocidos e impactantes del Siglo XX fue el
de Gregorio “Goyo” Cárdenas. Mientras el mundo estaba sumido en la Segunda Guerra Mundial,
México parecía estar frente a uno de sus asesinos seriales más infames. Todo había comenzado años
antes cuando Goyo era solo un niño que comenzó a mostrar tendencias violentas, torturando animales
antes de pasar al asesinato de mujeres.
Se dice que Cárdenas cometió su primer asesinato el 15 de agosto de 1942, cuando recogió a una
prostituta de 16 años que usaba el nombre de Berta. La llevó a su casa en Tacuba, en la colonia Mar del
Norte, y al terminar la noche la estranguló, para después enterrar su cadáver en el patio.
Solo 8 días después, Cárdenas asesinó a otra prostituta de 14 años (Raquel Rodríguez) y esperó seis
días para cometer un tercer crimen, secuestrando y matando a otra adolescente. Goyo cometió su
último crimen el 2 de septiembre, cuando secuestró a una estudiante de Ciencias Químicas de la
UNAM, llamada Graciela Arias, cuyo padre era un conocido abogado penalista.
Se dice que Goyo y Graciela eran amigos y que ella incluso subió a su coche voluntariamente después
de clases. Los rumores dicen que ella lo rechazó y que eso provocó la furia de Goyo, quien la mató, la
llevó a casa y la enterró junto sus demás víctimas.
El padre de Graciela presentó una denuncia y pronto descubrieron que ella había sido vista por última
vez subiendo a un coche con las placas B-901, que estaban registradas con el nombre de Goyo, así que
fueron a su casa y se toparon con su madre, quien le dijo que su hijo había perdido la cabeza y que lo
había internado en el hospital psiquiátrico del Doctor Oneto Berenque en Tacubaya.
En el hospital, Goyo fue interrogado por la policía y les dijo que era un inventor y un hombre invisible,
pero la policía sospecha que no estaba realmente loco, así que fueron a su casa al día siguiente y,
después de horas de revisión, encontraron los cuerpos enterrados en el jardín.
La historia de Goyo incluso fue llevada al cine en la película mexicana El Profeta Mimi, donde fue
interpretado por Ignacio López Tarso.
Era mejor conocido como El Estrangulador de Tacuba, y asesinó a cuatro mujeres menores de
edad entre agosto y septiembre de 1942. Sus víctimas fueron una compañera de la carrera de ciencias
químicas y tres prostitutas. Con ellas, primero tuvo relaciones sexuales, para después ahorcarlas y
enterrarlas en el jardín de su casa.
Su última víctima fue su novia, Graciela Arias, a quien violó en repetidas veces cuando yacía muerta
sobre su cama. Estos detalles causaron revuelo entre quienes leyeron la noticia, pues aunque se
conocían ejemplos de violencia de género y necrofilia, éstos siempre se relacionaban con
individuos semificcionales.
Goyo Cárdenas nació en la Ciudad de México en 1915. El padre de la criminología mexicana, Alfonso
Quiroz Cuarón, determinó que Goyo Cárdenas desarrolló su conducta homicida a causa de una
encefalitis en su niñez, misma que le provocó una infección en el sistema nervioso central, destruyendo
tejido no reproducible.
En su libro El caso del estrangulador, el doctor Quiroz Cuarón relata el caso de Goyo, quien desde muy
joven gustaba de torturar animales como pollos y conejos, además de que padecía de enuresis y vivía
una relación enfermiza con su madre Vicenta Hernández.
Pese a estas condiciones, demostró tener un coeficiente intelectual muy alto, y fue un alumno
destacado desde la educación básica. A los 27 años se encontraba realizando estudios de Química en
la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), y debido a su alto desempeño estudiantil, obtuvo
una beca de Petróleos Mexicanos (Pemex) para continuar con su formación académica y colaborar con
la empresa paraestatal.
Siempre se resaltó que era un notable estudiante, un empleado rentable, un hijo que cooperaba en los
quehaceres domésticos y repartía su sueldo entre su madre, su novia, y Sabina González Lara, una
joven con la que se había casado clandestinamente dos años antes de cometer los asesinatos. Se
podría decir que Gregorio era demasiado productivo, pues una vez que terminaba su día laboral y sus
tareas domésticas, se dedicaba a pintar, tocar el piano, y hacer experimentos químicos.
Confesó sus crímenes luego de que su madre lo internara en un hospital psiquiátrico.
Goyo fue declarado culpable y sentenciado a 34 años en prisión, cumpliendo su sentencia entre
el Hospital Psiquiátrico La Castañeda y el palacio de Lecumberri. Cuando estuvo preso en Lecumberri,
fue un personaje singular en la cárcel: asistió a clases de psiquiatría, recibía visitas familiares, sostenía
relaciones con las enfermeras, tenía licencia para salir cuando quisiera, e incluso, plantó un árbol en su
celda.
En un hecho sin precedentes, en 1976 el presidente Luis Echeverría le otorgó el perdón público, y lo
llevó ante el Congreso de la Unión, donde fue recibido como un héroe, por el hecho de representar un
claro caso de rehabilitación. También fue reconocido en San Lázaro, como “inspiración para los
mexicanos”, en donde fue ovacionado de pie, a pesar de la indignación de muchos.
Tras su liberación, ingresó a la Escuela Nacional de Estudios Profesionales (ENEP)
Aragón, perteneciente a la Universidad Nacional Autónoma de México, donde cursó la carrera
de Derecho. Para 1992 se tituló con la tesis Insuficiencia de nuestra legislación en la inimputabilidad por
ausencia o disminución de capacidad mental.
Días después de su liberación, con voz pausada y muy tranquilo, Cárdenas comentó que el régimen
penitenciario de su época ha sido el más humano de la historia del país, pues se apreciaba que “hay un
verdadero interés por quienes han delinquido, para tratar de rehabilitarlos”.
Murió a los 85 años en Los Ángeles, California, donde fungía como abogado.
