Por Leonardo Pino
La piedra del Sol o Piedra de Tonatiuh “fue tallada a principios del siglo XVI a partir de un bloque extraído del pedregal de San Ángel o de las inmediaciones de Mixquic”, asegura el arqueólogo Leonardo López Luján, en el Catálogo esencial del Museo Nacional de Antropología: 100 obras.
“La Piedra del Sol resume en su estructura concéntrica las concepciones mexicas del espacio y el tiempo. Señala las cuatro direcciones cardinales –con el Oriente hacia arriba– y marca la sucesión de los 20 días adivinatorios, el ciclo de 52 años y las cinco eras cosmogónicas”, explica López Luján en la obra citada.
El monolito, de 24.5 toneladas de peso, fue desenterrado el 17 de diciembre de 1790, en la Plaza Principal o Zócalo de la Ciudad de México y es colocada a un costado de la Catedral Metropolitana; a finales del siglo XIX se traslada al Museo Arqueológico de la Calle de Moneda y en 1964 es trasladada al Museo de Antropología e Historia, donde actualmente se encuentra. Estudios realizados con tecnología de punta, revelaron que los colores reales de la piedra eran el rojo y el amarillo, tal como se ve en los códices y en las vasijas.
El primer estudio realizado sobre el monolito, data del año 1792, cuando Antonio de León y Gama publica algunas tesis que son coincidentes con investigaciones contemporáneas.
En su "Descripción histórica y cronológica", el astrónomo y antropólogo sostiene que la gran piedra es una imagen del sol que registra las fiestas más importantes de los antiguos mexicanos y, a la vez, es un calendario para saber cuándo celebrarlas. También propone que la escultura refleja los diferentes movimientos del sol en el ciclo de 260 días mexicas, por lo que también es un reloj solar.
El monumento es uno de los más estudiados en el universo de la arqueología nacional. Desde aquel estudio primigenio del año 1792, han proliferado las interpretaciones que pretenden descifrar y explicar la complejidad simbólica que contiene la piedra. Sin embargo, todos los estudios retoman las tesis principales de León y Gama.
En la época de la invasión y conquista española, la Piedra del Sol fue quitada del espacio original y enterrada, a fin de que los indígenas no tuvieran a su vista un monumento que les recordara su “idolatría”.
“El enterramiento de la Piedra se sitúa en los primeros años de formación de la Nueva España y su desenterramiento en los últimos. Su descubrimiento, su emergencia a la conciencia colectiva, es una especie de preludio simbólico, acto ritual, que sirve de preámbulo a lo que será la Revolución de Independencia. Entendida ésta a la manera de Morelos, como restauración de la soberanía prehispánica usurpada por los españoles”, arriesga Alberto Aveleyra, en su tesis La piedra del Sol y los Guerreros Águila-Jaguar: Aportaciones para la comprensión del monumento conocido como Piedra del Sol, Piedra del Calendario o Calendario Azteca”. (Tesis ENAH, 2009).
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Dentro de los elementos iconográficos del calendario, destacan:
* En el centro, el rostro de Tonatiuh, dios del Sol, de cuya boca emerge un cuchillo de pedernal, que funge como su lengua, y representa la necesidad de sacrificios humanos para que continúe el movimiento solar.
* En cada una de las esquinas figuran cuatro soles: Nahui Océlotl (Cuatro Jaguar), Nahui Atl (Cuatro Agua), Nahui Quiáhuitl (Cuatro Lluvia) y Nahui Ehécatl (Cuatro Viento). La leyenda dice que ahora vivimos en el periodo del quinto sol.
* Cuatro anillos concéntricos que parten del rostro del dios Tonatiuh, cuyo orden es el siguiente: Una serie de 20 glifos que representan los símbolos de los días, que al combinarse con 13 numerales formaban un ciclo de 260 días también llamado Tonalpohualli (tiempo ritual). En el tercer y cuarto anillos, hay cuatro rayos solares que apuntan a las cuatro regiones del mundo que representan al universo y el calor del Sol que se extiende por todos los rumbos. En el quinto y último anillo encontramos dos serpientes de fuego con sus fauces abiertas.
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El maestro Eduardo Matos Moctezuma, en su discurso de ingreso a la Academia Mexicana de la Lengua, al que llamó “El decir de las piedras”, manifestó:
“Hemos transitado a través del tiempo para encontrarnos frente a un monumento que es el tiempo mismo, el tiempo petrificado. No de otra manera podemos referirnos a esta escultura en que el artista anónimo que la esculpió dejó grabada de manera prodigiosa toda la cosmovisión de un pueblo adorador del Sol. Cuatro fueron los soles o edades por las que había pasado la humanidad antes de su creación definitiva. Fueron cuatro intentos en que la lucha entre los dioses dio paso a cada una de las creaciones para, a su vez, ser destruida e iniciar el combate cósmico con el que, poco a poco, se iba perfeccionando la obra de los dioses. Esta acción de creación-destrucción, esta concepción dialéctica de un universo que se expresaba a través de la dualidad y en constante cambio y transformación quedó plasmado en la piedra con el surgimiento del Quinto Sol, el Sol del hombre nahua, el Nahui-Ollin que cobraba forma magnífica en esta piedra que, a poco más de doscientos años de haber vuelto a surgir, aún se resiste a entregarnos todo su contenido ancestral. Capricho de los dioses, dirán unos; medianía de los sabios, diría yo, pues la piedra resiste el tiempo y los embates de quienes quisiéramos penetrar en sus misterios pétreos y nos quedamos detenidos, absortos, en el umbral de lo desconocido”.
Alberto Aveleyra concluye, en su tesis ya citada, con una postura de humildad y respeto, similar a la expuesta por Matos Moctezuma: “Somos, cada uno de nosotros, el reflejo de ese rostro central que nos mira y nos muestra la lengua como queriéndonos decir algo. Al mismo tiempo, el rostro central es un reflejo de esa parte de nosotros que trasciende las fronteras del lenguaje. Ante ese espejo lo mejor que podemos hacer es guardar un contemplativo silencio”.
