Juan Márquez Jiménez
La casa donde vive tiene una terraza, disfruta mucho salir; frecuentemente, pide con enérgicos ladridos que le permitan estar en ella.
"Ábranme, quiero salir", ladra imponente. Ve a la gente pasar y también a algún perro o gato, a los que les echa pleito.
"Es mi calle, por qué pasan por aquí", reclama con sus ladridos.
Cuando ya se cansó de estar en la terraza, nuevamente exige:
"Rápido, ya me cansé de estar en la terraza, quiero entrar".
Disfruta al máximo sus paseos diarios en la ciudad donde vive; uno por la mañana, acompañado casi siempre por Rosy; otras, Lucy, la asistente, es quien lo lleva; los sábados, Kike, que es el único que lo lleva al paseo sin correa; por las noches sale con Iván, el joven que hace muchos años trabaja para la familia; Moz conoce hasta el ruido de su coche; antes de entrar a la casa, ya le está ladrando.
"Ya llegó, ya está aquí; apúrate, Iván, vamos a pasear, ya tengo mi correa".
Esa era su vida, hasta que llegó la pandemia del coronavirus, lo que ameritó realizar modificaciones en las rutinas; la primera fue que durante cuatro semanas no salió a pasear, ya que nadie salía por la recomendación de “quédate en casa”.
"¿Qué hicimos que nadie puede salir? ¿Quién es el culpable de que a mí no me saquen a pasear?", se preguntaba Moz.
No comprendía ese comportamiento que, para él, era como un castigo. Solo podía salir a la terraza, donde en ocasiones por la noche, permanecía hasta tres horas contemplando la luna y la calle desierta; sufría mucho. Después de las cuatro semanas llegó el momento de reanudar los paseos, incluyendo sus salidas a la calle o al campo. Desde ese momento, al salir, su acompañante se colocaba su cubreboca, guantes y llevaba una bolsa para recoger sus excretas.
Continuará el próximo lunes…
