El gasto económico que implica enfrentar la COVID-19 cae de golpe y es más complejo si no hay ahorros. “Esta enfermedad es para ricos”, es la conclusión a la que llega José Vásquez cuando mentalmente trata de hacer cuenta de todo lo que gastó, pero principalmente la deuda que adquirió.
“Yo no tenía claro cuánto se gastaba; si creía en el virus (SARS-CoV-2) porque tengo gente muy cercana que lo padeció y un gran amigo falleció, pero no era consciente de los síntomas, de las secuelas,mucho menos de los gastos”, cuenta.
José sintió el impacto directo de la pandemia el año pasado, cuando el espacio cultural en el que prestaba sus servicios definió mantenerse cerrado hasta nuevo aviso. El dinero extra por sonorizaciones de audio, también se esfumó.
Los primeros síntomas
La primera señal de que había enfermado de COVID-19 fue perder el sentido del olfato y el gusto, lo que comprobó poniendo perfume en su mano para lamerlo y no conseguir ninguna reacción.
“Todo mundo conoce a una amistad que es doctor o alguien que acaba de salir de la COVID-19 y es muy fácil recetarse sin una revisión médica o seguir consejos”, lo cual tiene un alto grado de peligrosidad, ya que cada organismo es diferente.
“Yo hice caso a todo lo que me dijeron, tres días estuve así, pero mi energía poco a poco fue disminuyendo”. La ventaja es que no experimentó dolor de cabeza ni fiebre, salvo una súbita tos “muy rara, acompañada de una agitación”.
Fue un amigo de José que al enterarse cómo seguía se ofreció a llevarlo personalmente con un doctor que en esta pandemia se ha especializado en COVID-19. En el pequeño consultorio, adjunto a una farmacia, el especialista le revisó a José el interior de la boca y escuchó sus pulmones con un estetoscopio.
Si José se hubiera tardado un día más en consultar al médico, hubiera requerido oxígeno. En cambio le inyectó dos soluciones de anticoagulantes en el estómago y dos más en la pompa.
Después de pagar 2 mil 200 pesos salió con una receta que para surtirla debió pagar otros 2 mil pesos, en ese momento entendió que su recuperación implicaba “un dineral”.
“La consulta no es lo caro, si no el medicamento”, expresa al recordar que dos días después debió volver al consultorio del médico que en una nueva receta incluyó un suero para ayudar a sus pulmones a expulsar las flemas, por lo que indicaba la radiografía de tórax.
“Ese día me gasté 3 mil pesos, pero a los tres días volví y pagué mil 800 pesos”, cantidades a las que se tuvo que acostumbrar en cada visita.
El miércoles de la siguiente semana creyó que sería la última consulta, pero además de volverle a inyectar medicamento, el doctor le pidió a José estudios de laboratorio, “para saber cómo iba a quedar después de la COVID-19 y no tuviera problemas con sus anticuerpos”.
Endeudarse, la solución temporal
Para solventar los más de 12 mil pesos José recibió ayuda de amistades, buscó dinero prestado y entendió por qué la gente con ingresos mínimos o inestables se va a un hospital, pues el tratamiento para la COVID “es impagable”.
Dormir casi la mayor parte del día le ayudó a José a que el tratamiento hiciera efecto y su cuerpo pudiera recuperarse, pero cuando más triste se sentía, es cuando su cuerpo experimentaba las peores dolencias.
Una vez recuperado, José no ve la vida igual, entendió que ninguna persona es eterna, pero sobre todo que “no estamos aquí para estarnos jodiendo y que debemos pensar en qué pasaría si te mueres”, un efecto emocional de la COVID-19 que quiere que le dure mucho tiempo.
