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Susurro de hierbas, sobadas y raíces

Foto(s): Cortesía
Redacción

Por Isabel Guzmán Ruiz

 

Llevaba meses cargando con un dolor necio en el hombro. De esos que se te meten en el cuerpo y no te dejan en paz. Fui al médico, me tomé todas las pastillas que me recetó, seguí los horarios al pie de la letra, pero el dolor seguía ahí, recordándome que algo andaba mal.

Decidí probar algo diferente. Fui a que me diera un masaje un profesional de la medicina alternativa. Y mientras estaba ahí, sintiendo el alivio, me cayó un veinte sobre la vida, la salud y mis propias raíces.

Esto me hizo recordar que, en Oaxaca, desde tiempos ancestrales, ha existido la firme creencia de que los seres humanos tenemos una conexión viva con la naturaleza. Para nuestra gente, la enfermedad no es un simple accidente del cuerpo; aparece cuando se rompe la armonía física, emocional, espiritual o esa misma conexión con la tierra y la naturaleza.

Gracias a la oralidad, a los saberes ancestrales que se heredan de boca en boca, de generación en generación, sabemos que las hierbas tienen propiedades curativas. Sirven para tratar padecimientos del alma como el estrés, la tristeza o el susto; se usan en limpias energéticas para retirar las malas vibras, y también de forma física para desinflamar y calmar dolores musculares o de las articulaciones.

En nuestra tierra, los masajes o las sobadas son ejecutados por curanderos tradicionales que tienen una sabiduría impresionante. Ellos creen que el estrés, los corajes y las emociones negativas se van acumulando y se encapsulan en el cuerpo. Por eso, el masaje, junto con técnicas como las ventosas y el uso de hierbas específicas, no solo soban el músculo: ayudan a liberar esas tensiones tanto físicas como espirituales.

Me fue inevitable pensar en el filósofo Aristóteles, que vivió hace más de dos mil años. Él decía algo muy parecido a nuestros curanderos: que el cuerpo y el alma no están separados, sino que son una sola cosa. Afirmaba que cuando el alma sufre por una emoción descontrolada o por la falta de razón, el cuerpo se enferma y se desajusta físicamente.

Me parece curioso pensar que esas ideas de la filosofía clásica tienen su correspondiente en los saberes de nuestra comunidad, y lo más impactante es que brindan resultados terapéuticos.

Al sentir esas manos trabajando exactamente en los puntos donde me dolía y al respirar el olor a hierbas, entendí que la sanación que sentí no fue solo en los músculos del hombro. Se sintió en la mente. Fue un alivio completo, como si al soltar la tensión del cuerpo, también se hubiera limpiado el cansancio que traía en el alma al reconectar con la naturaleza y su sabiduría.

A veces por estar cautivos de la farmacología transnacional, olvidamos que somos parte de un todo y este olvido eventualmente nos lleva a enfermar, por el contrario, nuestras tradiciones terapéuticas nos pueden conducir al alivio.

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