Por años repetimos la misma frase: “en México no se lee”. La afirmación se volvió tan común que terminó funcionando como una explicación automática para cualquier problema educativo. Sin embargo, la realidad es más preocupante. El país no enfrenta únicamente una crisis de lectura; enfrenta una crisis de comprensión.
Leer no es pasar los ojos por un texto. Leer es interpretar, relacionar ideas, cuestionar argumentos, distinguir hechos de opiniones y construir pensamiento crítico. Y es precisamente ahí donde México está fallando.
Los datos son difíciles de ignorar. De acuerdo con el Módulo sobre Lectura (MOLEC) del INEGI, el porcentaje de población lectora cayó de 84.2 por ciento en 2015 a 69.6 por ciento en 2024, una disminución de 14.6 puntos porcentuales en menos de una década.
Pero el problema no termina cuando una persona deja de leer. El verdadero riesgo aparece cuando incluso quienes sí leen son incapaces de comprender con profundidad lo que tienen frente a sus ojos.
Las evaluaciones internacionales han venido advirtiéndolo desde hace años. Los resultados de PISA 2022 mostraron un retroceso en comprensión lectora entre los estudiantes mexicanos de 15 años. El país registró 415 puntos, por debajo de sus resultados previos y entre los desempeños más bajos de la OCDE.
La UNESCO ha sido todavía más contundente. Su más reciente seguimiento educativo señala que México permanece estancado en habilidades lectoras y que casi la mitad de los alumnos de primaria no alcanza competencias básicas de lectura. Incluso después de más de una década, los avances son mínimos y algunos indicadores empeoraron tras la pandemia.
Sin embargo, reducir el problema a las escuelas sería una forma cómoda de evadir responsabilidades.
La crisis de comprensión lectora es también una crisis cultural.
Vivimos en una época donde la información circula más rápido que nunca, pero donde el tiempo de atención se reduce constantemente. Millones de personas consumen titulares sin leer las notas completas. Comparten publicaciones sin verificar fuentes. Debaten artículos que nunca abrieron. Opinan sobre libros que jamás han leído.
Las redes sociales no inventaron este problema, pero sí lo aceleraron.
Hoy abundan estudiantes universitarios incapaces de identificar la tesis principal de un ensayo. Profesionistas que tienen dificultades para interpretar instrucciones complejas. Ciudadanos que confunden una opinión con un dato verificable. Personas que leen palabras, pero no significados.
El fenómeno tiene consecuencias políticas, económicas y sociales.
Una democracia requiere ciudadanos capaces de analizar información y detectar manipulaciones. Una economía basada en el conocimiento necesita trabajadores que comprendan manuales, informes, procedimientos y tecnologías en constante cambio. Una sociedad informada exige individuos que puedan distinguir evidencia de propaganda.
Cuando la comprensión lectora se debilita, también se debilita la capacidad colectiva para tomar decisiones racionales.
El escritor argentino Alberto Manguel afirmó alguna vez que “leer es casi tan complejo como pensar”. La frase resulta incómodamente pertinente para el México contemporáneo.
Porque el problema ya no consiste únicamente en cuántos libros se venden o cuántas ferias literarias se organizan cada año. Tampoco se resolverá repartiendo ejemplares de manera masiva si no existe una estrategia integral de formación de lectores.
La pregunta fundamental es otra: ¿estamos formando ciudadanos capaces de comprender el mundo que habitan?
Mientras esa respuesta siga siendo incierta, la discusión sobre educación continuará atrapada en la superficie.
México necesita recuperar el hábito de la lectura, sí. Pero necesita algo todavía más urgente: recuperar la capacidad de comprender.
Porque una sociedad que deja de entender lo que lee termina siendo vulnerable a todo aquello que otros quieren que crea.
