Rafael Alfonso
Nacida en Tabasco, en una familia formada por un comerciante español y una maestra, Josefina Vicens tuvo contacto temprano con el arte y la cultura. Se dice de ella que, al finalizar la educación primaria, inició sin concluir, una carrera comercial que le permitió ganarse la vida a partir de los 15 años. Desde entonces laboró en distintas dependencias privadas y de gobierno como secretaria; incluso, llegó a ocupar algunos cargos en la administración pública.
Josefina Vicens (1911-1981) fue una autora polifacética qué escribió novelas, cuentos, guiones cinematográficos y alguna obra de teatro, aunque el grueso de su actividad escritural se concentró en el periodismo. Vicens colaboró en diferentes medios tocando temas diversos, pero especializándose en la crítica cinematográfica, el comentario político y la crónica taurina. Para atender el primer tema firmaba con su nombre; para asuntos de política, firmaba como Diógenes García, y para la crónica taurina era Pepe Faroles. En alguna ocasión, la periodista estuvo a punto de recibir una paliza. Un famoso torero ofendido por los dichos de Pepe Faroles, mandó a golpear al cronista; sin embargo, el boxeador comisionado para ello desistió al ver que se trataba de una mujer.
En cuanto a su carrera literaria, su producción coincide temporalmente con la de otros grandes nombres de la literatura de los años 50: Juan Rulfo, Rosario Castellanos, Amparo Dávila por citar a algunos. Con Elena Garro y Juan de la Cabada colaboró para dar forma al guión cinematográfico más exitoso de su carrera: Las señoritas Vivanco.
En el año de 1958, ve la luz "El libro vacío". La premisa es la siguiente: José García es un modesto contable de oficina que pasa ocho horas diarias atado a una máquina sumadora. Al finalizar su jornada de trabajo corre a casa para escribir una novela. Ha comprado dos cuadernos, en uno desarrollará las ideas que una vez pulidas pasarán a formar parte del segundo. En el primero escribe sin cesar, es un cuaderno de notas donde deposita los temas que quiere escribir, algunas líneas argumentales, pero principalmente las angustias que conllevan su acto de escritura, el no saber cómo, pero sobre todo el no tener qué decir. De este modo, en lugar de la gran historia, escribe en primera persona el devenir de su vida cotidiana, casi un diario íntimo -escritura vulgar, inútil e intrascendente- mientras que el cuaderno segundo, el bueno, permanece en blanco.
Cuando su hijo, Pepe, pregunta cándidamente por el avance del libro que cada día escribe su padre, José García reflexiona, al tiempo que escribe con cierta amargura:
“Mi hijo, claro, cree que cada nuevo renglón es un adelanto. No puedo decirle que cada palabra es un machacante retroceso a la primera y que ésta es tan intrascendente e insegura como la última”.
Así, con reflexiones y anécdotas de este tipo se compone la novela. Con ella, Josefina Vicens se hizo acreedora a la tercera emisión del premio Xavier Villaurrutia que antes solo había sido concedido a Juan Rulfo y Octavio Paz. Este comenta a la autora en una carta, que en ediciones posteriores se incluyó como prólogo:
“¿Qué es lo que nos dice tu héroe, ese hombre que ‘nada tiene que decir’? Nos dice: ‘nada’, y esa nada —que es la de todos nosotros— se convierte, por el mero hecho de asumirla, en todo: en una afirmación de la solidaridad y fraternidad de los hombres”.
