Tras la histórica derrota en los comicios locales de 2016, el oficialista PRI se juega su futuro en la elección del domingo en el Estado de México, su bastión, que gobierna desde 1925 y que fue su trampolín para recuperar la presidencia en 2012.
El Partido Revolucionario Institucional gobernó durante décadas México, incluidos la presidencia y los 33 distritos, hasta que en 1989 perdió por primera vez una gobernación ante el Partido Acción Nacional, que también le arrebató la presidencia en 2000 y 2006.
Los escándalos de corrupción y el constante declive de la popularidad del mandatario Enrique Peña Nieto le provocaron un descalabro en la elección de 2016 al perder cinco de sus feudos, incluido Veracruz, el tercero más poblado del país.
El domingo se juega el Estado de México, el más poblado con más de 16 millones de habitantes --la mayoría aglutinados en la zona metropolitana de la capital-- y que es la joya de la corona electoral.
"Es el estado más importante del país y ha servido al PRI de sostén, de baluarte, sobre todo cuando estuvo en la oposición 12 años. Ahí se reconstruyó, se recuperó, obtuvo fondos para elecciones en otros estados", comenta a la AFP el historiador y analista José Antonio Crespo.
Reto personal
La columnista política Martha Anaya va más allá al subrayar que esta elección es la más importante del mandato de Peña Nieto.
Es un reto personal que, de perderlo, desataría una sublevación dentro del PRI que lo dejaría sin poder para incidir en la designación del candidato para las presidenciales de 2018.
Peña Nieto nació en el Estado de México, fue su gobernador en el periodo 2005-2011 y desde ahí, apoyado en una activa campaña televisiva, gestó el retorno del PRI a lo más alto del poder en 2012.
"El Estado de México es la guarida de Peña Nieto, su último reducto, su lugar donde se puede proteger en última instancia terminando su mandado. Podría entregar la presidencia, pero no su estado", apunta Anaya a la AFP.
