SAN PEDRO TAPANATEPEC, Oaxaca.- La tierra del mango está herida. María Ventura, presurosa, coloca la masa en las hojas de plátano; mientras, su esposo Lorenzo camina a paso lento para alcanzarle los ingredientes. Su casa, de barro, madera y tejas, está al borde del colapso.
En ese momento, María sintió que la tierra se movía; pero no, era su presión arterial. Tras el mareo y a punto de caer, en un esfuerzo sobrehumano, Lorenzo la detuvo; a sus 78 años de edad, logró salvar a su esposa de una caída segura, la mujer con quien ha compartido la vida.
A seis meses del sismo de 8.2 grados que dejó desolación en el Istmo de Tehuantepec, los habitantes de San Pedro Tapanatepec están en crisis. Son los abandonados de los abandonados. Han tenido que pelear para ser escuchados.
Venden tamales para poder ganar algo de dinero. FOTO: Emilio Morales
Luchan para no morir de hambre
María Ventura vive en la calle Tatagildo; “estoy haciendo tamales para vender; antes hacíamos pan, pero el horno se cayó. Vinieron del municipio, de la ciudad de Oaxaca, tomaron fotos y no nos ayudaron en nada”.
El horno, herramienta básica de su trabajo, está deshecho; no tienen fuerzas ni dinero para repararlo. Los ancianos no piden mucho, “sólo quiero pasar mis últimos días en tranquilidad”, dice Lorenzo.
Su vivienda, humilde como muchas de Tapanatepec, fue catalogada como daño parcial; les dieron 15 mil pesos, dinero que no han querido gastar porque no les alcanzaría para repararla, señala la pareja de campesinos, de panaderos, de todos los oficios que sean necesarios para sobrevivir.
“Tengo un terrenito, pero no lo quiero vender porque lo compran muy barato”, dice resignado, Lorenzo; con la mirada, afirma que si no recibe más apoyos, tendrá que poner a la venta tan preciado bien para él.
Aquí viven Lorenzo y María. FOTO: Emilio Morales
Mientras, sentada tras el mareo, María observa con tristeza su horno, que por muchos años le ayudó a sacar adelante a su familia; “para reconstruir el horno necesito el material y la mano de obra; no es mucho, pero ya no tenemos fuerzas”.
A mucha gente de Tapanatepec les dieron pérdida parcial, cuando su casa tuvo que ser derribada; “aún así están jóvenes, pero nosotros ya no”, se lamenta María.
Por su parte, Lorenzo asegura que el gobierno municipal solamente apoya a los que trabajan ahí; “yo soy campesino, mi hermano; pero por mi edad me pegó la enfermedad; tengo 78 años y el presidente municipal sólo ayuda a su gabinete".
Tres años para un cuarto
Janet es joven, tiene 37 años de edad. Trabaja haciendo la limpieza en el hospital de Tapanatepec, lo que le deja mil pesos semanales, los cuales son insuficientes para darle una vida digna a sus cinco hijos, la más pequeña de cuatro años y la más grande de 17.
“Se cayó mi casa y no hemos podido reconstruirla. A nosotros sólo nos dieron 15 mil pesos, eso nos alcanzó para los cimientos de un pequeño cuarto y ya”.
Viven hacinados en una lona, lo único que no se cayó fue el baño; “una diputada nos regaló una casa de campaña y fue todo”, dice Janet, de esposo campesino, quien ahora es peón de albañil y gana 350 pesos diarios.
“Nos querían cobrar 15 mil pesos por poner los cimientos; “es todo lo que nos dieron”, mi esposo decidió hacerlo con sus propias manos; “está un poco chueco, pero nos ahorramos la mano de obra”.
Los 15 mil pesos se acabaron, ahora compran block tras block, varilla tras varilla; “las lluvias se acercan y no sabemos cómo le vamos a hacer; a este paso, tendremos un cuarto en tres años”, afirma mortificada Janet.
Las personas de la tercera edad y los niños, son los más afectados. FOTO: Emilio Morales
Sin escuela, por seis meses
Aquí, como en otras localidades del Istmo, no les construyeron escuelas provisionales; la atención ha sido lenta y problemática; “después del terremoto tardaron varios días en venir a revisar las escuelas; y cuando llegaron, sólo vinieron a ver y no hicieron nada”, afirma Érica Meléndez Hernández, directora del Jardín de Niños Belisario Domínguez.
Desde entonces y a pesar de que recibieron la visita de funcionarios de primer nivel durante los primeros días de la emergencia, pasaron meses sin que las obras iniciaran; “apenas hace un mes iniciaron los trabajos en la escuela. Vino el gobernador, y nos dijo que ya estaba. Pero todavía así, la burocracia fue tremenda”.
Se vieron obligados a dar clases en los lugares alternos, en donde el ayuntamiento en un primer momento les prometió ayudarles, para luego hacerles firmar un documento en donde ellos no se hacían responsables de lo que pudiera pasar.
Fueron los propios padres quienes buscaron un lugar para que sus hijos pudieran tener clases. Y son los que hasta el momento están solventando los gastos, pues nadie los ha apoyado con las rentas; “estamos en patios, a la intemperie o en corredores de las casas de los padres de familia”, finaliza la directora.
Turbios manejos
Érica Meléndez Hernández, directora del Jardín de Niños Belisario Domínguez, denunció el turbio manejo que le han dado a los recursos para la reparación de las escuelas; “nuestra escuela tuvo muchas afectaciones, todas las aulas resultaron dañadas, y ahora no nos han dicho cuánto recurso le corresponde”.
Destacó la falta de un documento que avale los trabajos que están haciendo; “que diga, este recurso es para la escuela Belisario Domínguez y estos trabajos se van a realizar. Aquí lo han hecho todo de manera verbal; lo ha hecho el supervisor de la obra”.
Exigen la entrega de un contrato, pues no están seguros si las reparaciones que le hacen a la escuela son los necesarios; “el plan original era tirar la escuela, pero no la demolieron, sólo la repararon”.
