Después de la pasarela política por el Istmo de Tehuantepec para exhibir su humanismo mercadotécnico ante los damnificados del sismo del pasado jueves 7 de septiembre, los diputados regresaron a las instalaciones del Congreso para continuar con la mojiganga.
Unos llegaron contritos de dolor, afectados por lo que vieron en las zonas devastadas por el sismo; la mayoría superada ya la crisis de pesar y dispuestos a lo que sigue, pues al final la vida continúa sobre todo si no resulta uno afectado; y otros, como el presidente de la mesa directiva, Samuel Gurrión Matías, rumiando su coraje por la incomprensión a su altruismo desinteresado y todo bondad, pero con los colores del PRI en la bolsa de la despensa.
Aunque no a todos incomoda la crítica. “Sí, yo estuve ahí y hasta posé para tomarme la foto”, señala entre atrevida y retadora la diputada priísta Adriana Atristain Orozco mientras se reacomoda en su curul y abre los brazos para simular una pose, cuando su compañero de bancada externa su enojo por los comentarios críticos a su actividad humanitaria.
La reunión del pleno camaral es entonces una extensión de la contricción de los representantes populares ante la desgracia que vive la entidad. Por ello, se agiliza la sesión y se borra el orden del día, para tratar como punto importante y central el posicionamiento de los coordinadores de las fracciones parlamentarias ante la tragedia.
El desfile por tanto ya no es en las calles de Juchitán, Ixtaltepec o demás municipios istmeños, sino ante la tribuna camaral. Uno a uno, los líderes del PT, PAN, PRD, Morena y PRI enjugan sus lágrimas por quienes perdieron familia y patrimonio. Cámara y teléfonos de por medio.
Todos prometen trabajar por los damnificados, no dejarlos solos en su dolor y sus pérdidas, pero nadie se compromete a más, ni siquiera a aportar un mes de salario como anunciaron algunos diputados a través de las redes sociales. La amnesia puede ser producto del desconsuelo que los acongoja, pero también del sainete en el que participan desde hace una semana.
En cambio se exhorta al Congreso federal, al gobierno de la República, a la misma Organización de las Naciones Unidas ayudar a los oaxaqueños ante este la magnitud del sismo.
Los discursos son sentimentales, elegiacos, emotivos y hasta lóbregos, sin apenas críticas al desempeño de las autoridades por la descoordinación en la atención de los damnificados o lo magro de los apoyos.
Del proselitismo electoral y político que diputados, funcionarios federales y estatales hacen en medio de la tragedia, nada. Apenas pequeñas referencias sin nombre, sin cargos, sin precisiones. El riesgo del Mea culpa hace que los oradores opten por dejar de lado el tema.
Los oradores del PT y Morena, Juan Bautista Olivera Guadalupe e Irineo Molina Espinosa, se escudan en discursos emotivos y sensibleros. “Dios quiera que no nos pase a nosotros”, señala el último con profundo abatimiento. Cuando los diputados priístas ya se ponen de acuerdo para acudir a un restaurante para comer todos juntos; porque es cierto, las críticas lastiman pero no es algo que no se pueda superar con una opípara comida y unos buenos tragos.
En tanto en el Istmo, las familias afectadas por el sismo de 8.2 grados Ricther siguen con su sufrimiento y esperando a sus representantes populares, aunque lleven sus equipos de prensa para que se difundan sus fotografías, comunicados y se comunique su humanitaria labor por las redes sociales, porque en verdad necesitan de apoyo.
