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Floración

Foto(s): Cortesía
Redacción

“Cuando el viento las mece, el encanto inicia.


Todas se trasforman en cientos de Wilis,


criaturas de la fantasía germana”.


  Luna Azul 


 


Anoche me tocó en suerte ver en la televisión un programa especial del ballet ruso con la representación de Giselle. Las danzarinas ataviadas con suaves y sedosas telas, cornadas con primorosos tocados de flores, exigieron a su cuerpo toda su disciplina y talento. Los cuerpos de Giselle y Albrecht, por momentos parecían flotar en el escenario. Sus movimientos, perfectamente sincronizados, eran hipnóticos. 


En febrero inició la floración de las rosáceas y otros árboles frutales del pueblo. Ver ese prodigio desbordó mi fantasía. Recordando a las bailarinas que vi danzar por la noche, me imaginé que cada flor era una de ellas.  


De los manzanos, peras, tejocotes, moras silvestres, membrillos y de los ciruelos chabacano rojos y amarillos, brotan flores muy parecidas; su diferencia es apenas perceptible en sus estambres y pétalos. Estos crecen en delicados ramilletes pegados a los troncos. Una de esas flores, la más grácil, es Giselle, me dije.  


La frambuesa también florea en ramilletes, pero estos son apretados y rematan las puntas de la planta, sus flores son pequeñas, dan la apariencia de una cabeza de ajo con envoltura blanca. Cuando abren, surgen las flores de color rosa mexicano o lila, como dispuestas a ejecutar una coreografía grupal.


Los brotes del durazno son de color magenta, nacen en cada  rama, dispuestos a los laterales, en fila. Cuando ya tiraron todas las hojas, sus flores, con sus pétalos semi cerrados como si fueran brazos que se envolvieran a sí mismos, están como en actitud de espera. 


La cereza capulín florece en tiernos ejes, sus pequeñas flores blancas rodean tupidamente cada punta, dando la apariencia de hermosas y delicadas tiaras. La cabeza de Giselle luciría dignamente una de estas guías, pensé. 


 Giselle 


Cuenta la obra clásica del romanticismo, que Giselle era una bella y grácil campesina, cuyo único deseo era bailar. Por su precaria salud, su mamá frenaba ese gusto, pues tenía temor que eso le provocara la muerte antes de ser desposada, lo que la convertiría irremediablemente en una de las Wilis, seres fantasmales que son destinados a bailarle a la luna en las noches de bruma. Giselle está enamorada de un duque que se hace pasar por campesino. La pobre niña descubre la verdad y al creerse burlada, muere sin convertirse en esposa, lo que la condena a danzar eternamente por los bosques de su patria. 


La luna llena se asoma, las flores se inclinan, se elevan y se mecen entre la bruma. Las veo e imagino que son las Wilis, esos seres de mitología remota, que la televisión trajo anoche hasta estas montañas. Un pájaro irrumpe en la huerta con su elegante vuelo; recuerdo a Albrecht, el duque, y pienso que es él buscando a la novia muerta y que con una tiara de cerezo en la mano, encuentra a Giselle entre las flores blancas.

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