CIUDAD DE MÉXICO.- El neólogo Felipe Ehrenberg, entre tantas otras cosas, fue un maestro del hallazgo, un pepenador incesante y dedicado que podía hacer arte a partir de cualquier cosa, y también, como señala Lourdes Hernández, su viuda, un actor de sus propias obras.
Será por ello que la última serie que alcanzó a realizar, una suerte de testamento, o un diario de sus memorias más entrañables y estrambóticas, terminó cuidadosamente oculta en un cajón, esperando, con juguetón histrionismo, a ser hallada cuando llegara el momento.
Y así, sin más, en una gaveta de su estudio en su casa de Ahuatepec, Morelos, que el artista sólo pudo ocupar durante sus últimos 8 meses de vida, Hernández se topó, buscando otra cosa, con una serie de 34 collages que recorren, en clave personalísima, su vida y obra.
"Revisando entre los diferentes cuadernos de trabajo que tenía ahí, de repente se me abrió una de las libretas y dije: '¿Qué es esto?'", recuerda la viuda en entrevista.
"Saqué la libreta y me encontré toda una serie de collages; todos son recortajes que fue haciendo, y claro, dije: 'No puede ser. ¿A qué hora hizo esto? ¿Por qué no me lo enseñó? ¿A qué hora lo trabajaba?'".
Fallecido el 15 de mayo de 2017, a punto de cumplir los 74 años, Ehrenberg pasó sus últimos meses en un insomnio creativo, escarbando entre sus papeles, memorabilia, fotografías, viejas obras de arte y objetos guardados durante décadas para crear su última carta.
Para quien esté familiarizado con la obra del neólogo, como lo nombró su compadre Fernando del Paso -porque hacía "de todo un poco y todo nuevo"-, esta última serie resultará un recorrido por los hitos artísticos del creador. Para quien no, es quizá una inmejorable puerta de entrada a la vastedad de sus símbolos, las variadas etapas de su estética, códigos personales y emblemas artísticos.
El próximo 20 de mayo, el Instituto de Estudios de Arte Latinoamericano (ISLAA, en inglés), presentará en Nueva York una exposición que, por primera vez, mostrará esos 34 collages en una muestra titulada Felipe Ehrenberg: Testamento.
"Para mí fue muy emocionante (este testamento) porque, de alguna manera, fue como la carta inesperada en donde él concluía: 'Mira, yo soy esto'; además, aquí está una lectura privada, íntima, de alguien que siempre dijo que el arte no podía ser explicado, que podía tener un discurso pero que cada quien se acercaba de una manera o de otra", reflexiona Hernández.
"Y no niega esa aseveración. Finalmente, este diario, las personas que lo conocen, o que estuvieron a su lado en diferentes épocas de la vida, van a tener una lectura diferente a la mía".
Realizados, quizá, conforme Ehrenberg encontraba cosas en su archivo, sin interés por reflejar los episodios de su vida de manera cronológica, los collages muestran tanto escenas íntimas de su vida como reflexiones sobre su obra más pública.
En uno de los más intensamente personales, por ejemplo, el artista crea una secuencia en movimiento con una serie de fotos infantiles que lo muestran saltando una escalera de su casa, acompañada por la leyenda "Notas para una biografía" y los sellos "Cuidado" y "Sigue".
Ahí mismo aparecen tres imágenes recurrentes en su trabajo: la Virgen de Guadalupe, el dibujo de su "hombre caminando" -insignia de sus caminatas performáticas- y una polaroid de la casa construida por Modesto, un trabajador de su padre que le enseñó los fundamentos de la construcción y que Ehrenberg atesoró por siempre.
En otra pieza, el neólogo hace referencia a algunas de sus obras más memorables de su etapa en Londres, como A Date with Fate at the Tate, donde se declara a sí mismo obra de arte en el museo; el filme La Poubelle, que documenta una acción performática durante la huelga de la basura en Inglaterra, y la polémica Arriba y adelante, que envió para su exhibición en México.
Para Hernández, esta amalgama de obras y épocas, no obstante, representa un regreso a los fundamentos de su creación, que no requieren más que de tijeras, compás, regla, esténciles, papelitos, barajas y el resto de los hallazgos en sus archivos.
"El primer sentimiento que a mí me dio de encontrarme eso fue de una inmensa ternura porque, para mí, él vuelve a este trabajo como el creador de la anemográfica que él es. Es decir, vuelve a hacer vigente que puede trabajar sin material para artistas. Todo lo que usa ahí son sus elementos más queridos, con los que él va a romper las reglas allá de los años 60".
Si cada pieza representa una o varias facetas distintas de Ehrenberg, algunas, deliberadamente, muestran las regiones artísticas más cercanas al corazón del artista.
Una de ellas, explica Hernández, se muestra en un collage que reúne un papel picado realizado en homenaje a las víctimas del terremoto del 85, el diploma del Premio Roque Dalton que el artista recibió por su apoyo humanitario a través del arte tras el sismo del 86 en San Salvador, una mandala de tenangos de muertos y una obra en amate en honor a los artesanos de Ameyaltepec, Guerrero.
En un costado, pequeño como un aprendiz de todos estos saberes, un joven Ehrenberg toca el acordeón.
"Esta obra tiene que ver con las cosas posiblemente más queridas para Felipe, del reconocimiento a los artistas que llaman artesanos.
"Hay una tremenda nostalgia y, de alguna manera, es el rostro del Felipe más empático, más bondadoso que él podía mostrar", abunda. "Ésta es una pieza muy sintomática de cómo él quería que lo viéramos, como el preocupado por esos otros artistas no reconocidos".
En sus últimos días, antes de que un infarto se le adelantara al cáncer de próstata que padecía, el neólogo cerró una vida de trabajo con una decidida vuelta al inicio.
"Es como volver a la infancia que, de alguna manera, para mí, es como el tesoro del artista; conseguir volver a esa infancia en donde todo es posible es una de las cosas que el artista conserva, y el artista que lo pierde, se entristece", concluye su viuda.
En su testamento, Ehrenberg, el artista total de múltiples generaciones, es más un niño que nunca.

