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La verdadera historia de la Bruja de Córdova; atacada por su belleza y color de piel

Foto(s): Cortesía
Redacción

Esta leyenda proveniente de la ciudad de Córdova, Veracruz, habla acerca de una bella mujer que no envejecía y hacia curaciones milagrosas, por lo que fue catalogada como bruja, motivo que la llevó a prisión y por el cual fue condenada a morir en la hoguera… La Mulata le decían.


Cuenta la leyenda que a finales del siglo XVII, en la época de la Inquisición y el Santo Oficio, vivía en la ciudad de Córdoba esta hermosa mujer. No tenía familia. Se llamaba Soledad, pero todos la conocían como la Mulata por su color de piel. 



En ese tiempo no era bien vistas las personas con un color de piel diferente al blanco de los conquistadores españoles. Los indios y los negros no tenían derechos y esta mujer siendo mulata atestiguaba la unión entre estas dos razas.


Decían que tenía pacto con el Diablo


La bella mujer habitaba en uno de los montes más altos en la ciudad. En su casa atendía a los habitantes del pueblo con yerbas y rituales que sólo ella conocía.  


Por envidia de su hermosura, las mujeres del pueblo empezaron a hacer correr el rumor de que ella practicaba embrujos, magia y encantamienos.


Aseguraban haber visto por las noches salir de las ventanas de su choza una luz intensa y escuchar música extraña y misteriosa.



De ella corrían numerosas versiones, que se trataba de una bruja, de una hechicera, de una peligrosa mujer que había hecho un pacto con el Diablo.


Sin embargo, nunca se pudo obtener prueba fehaciente de sus supuestas actividades secretas.


Se le consideraba una poderosa hechicera, especialmente en el rubro dedicado a los milagros: quienes acudían a ella sanaban de enfermedades incurables; las jóvenes casaderas que habían sido abandonadas por sus novios veían que éstos regresaban para ponerse a sus pies. Al parecer la capacidad de la misteriosa mulata de satisfacer a sus clientes en el arte de la hechicería no tenía límites.


También se afirmaba de ella que tenía el don de volar, y que lo hacía sobre los tejados por las noches, aunque jamás hubo testigos de ese prodigio.
 
Muchos afirmaban también que era posible verla al mismo tiempo en dos lugares diferentes.


 


Poco a poco la Mulata fue adquiriendo fama, pues su extraordinaria belleza parecía embrujar a los hombres y sus poderes curativos hacían a todos pensar que se trataba de una bruja o de una hechicera.


Las autoridades del Santo Oficio y sus propios vecinos empezaron a espiarla para comprobar sus nefastas relaciones con Satanás. Pero fue al contrario, la veían ir a misa.


Esto acallaba los rumores y calmaba a las autoridades de la Santa Inquisición por el momento. 


Un pretendiente despechado


Un día el alcalde de Córdoba, don Martín de Ocaña, hombre entrado en años que ardía de pasión por la Mulata, empezó a hacerle costosos regalos para conquistarla, pero la Mulata siempre se negó a recibirlos.


El hombre le confesó su amor y llegó a prometer darle lo que ella quisiera si cedía a entregarle su cuerpo. La Mulata no estuvo dispuesta ni siquiera a sonreírle, mucho menos a brindarle un gesto de esperanza. 


Un hombre desairado es el peor enemigo que puede tener una mujer. Mucho más si este hombre es el alcalde de Córdoba. Peor aún si la mujer vive sola en esa ciudad y por añadidura es mulata. 


El enojo de Ocaña fue tan grande que la acusó de hacerle beber un brebaje para que perdiera la razón, motivo que las autoridades del Santo Oficio tomaron como acusación.


Ocaña buscaba deshacerse, al mismo tiempo, del agravio y de la razón de su sufrimiento. La mujer más se odia tanto cuanto más se ama.


Ante su desaire, prefiere verla arder en una pira de leña verde, a verla en otros brazos. Suya o de nadie. 


La misma noche, el alcalde seguido por sus sirvientes, asistentes, policías y hasta amigos, rodearon la choza de la Mulata y en nombre de la Santa Inquisición le mandan abrir la puerta. Ella, presa de justo miedo, no obedece.


Por fin, la turba derriba la puerta. La Mulata fue apresada y llevada en una carreta descubierta, custodiada por el Santo Oficio hasta las lúgubres mazmorras del castillo de San Juan de Úlua en Veracruz, donde fue encerrada en espera de su castigo. 


El juicio contra la Mulata


El Santo Oficio de la Inquisición abrió un proceso contra la Mulata.


En él se la acusaba de practicar la magia negra, de invocar a los poderes de las tinieblas, de tener comercio carnal con Satanás y de burlarse de la religión.


En el juicio, muchos de los testigos de cargo, que levantaron graves acusaciones en su contra, habían sido anteriores clientes de la Mulata.


Después de un rápido juicio, se le encontró "culpable" de sostener pactos con el Diablo. La sentencia decía que fuera quemada con leña verde, en presencia de todo el pueblo como justo escarmiento para aquellos que se apartan de los caminos del Bien. 


 La huida de la bella mujer


Días antes de la fecha de la ejecución, se desató un terrible aguacero sobre la ciudad; jamás se había visto caer tal cantidad de agua de los cielos; las calles se hallaban sumergidas en grandes torrentes que impedían a los habitantes salir de sus hogares.


Una noche antes de que su vida finalizara, la Mulata se negó a recibir la gracia de la confesión de sus pecados antes de morir, mucho menos rezó las oraciones cristianas que demostraran su arrepentimiento, aunque de todas maneras sería inmolada en el fuego.


Cuentan que pidió como última gracia un trozo de carbón, unas velas y unas rosas blancas. Con estas tres cosas hizo en su celda una especie de altar.


Con el carbón empezó a dibujar en la pared de su prisión un gran galeón que se encontraba anclado en el mar, mientras recitaba conjuros y se dice que se presentó ante ella el mismo Demonio.


Al otro día en la madrugada, el carcelero fue a buscarla y quedó pasmado ante su obra de arte. El trazo tenía perfectamente delineados todos los aparejos de un barco dispuesto para una gran travesía en alta mar.


Ante la sorpresa del guardia, la Mulata le preguntó con una amplia sonrisa. “¿Qué es lo que le falta a este barco?”. A lo cual contestó presuroso el carcelero. “Navegar”. “Pues mira como navega” le respondió la Mulata.


De pronto, un fragor se escuchó en los muros del castillo. El barco dibujado empezó a moverse, al tiempo que la Mulata subía ágil por sus escalerillas.


Todavía la bella mujer se volvió para despedirse de su guardián agitando suave la mano para decir adiós.


Ante los desorbitados ojos del centinela, el barco avanzó entre las olas, para enfilar hacia el horizonte que ella misma había dibujado.


Cuando el diluvio amainó, desde el refugio de sus ventanas, los habitantes de vieron cómo la Mulata huía en el barco.


Se corrió la voz de que con sus poderes la Mulata había convocado al Demonio y éste la sacó de la celda montada en el barco.


Después de eso nadie más supo nada de la encantadora mujer y su ancestral sabiduría brujeril se perdió para siempre.

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