Por Luz María Velásquez Guerrero
En la vasta memoria que guardan los archivos, algunos documentos parecen esperar pacientemente a que alguien los lea, transcriba y les de voz nuevamente. La paleografía -el arte de interpretar la escritura antigua- es la llave que nos permite rescatar estos testimonios, que de otro modo permanecerían olvidados.
En 1884, el gobierno de los Estados Unidos invitó a su homólogo mexicano a formar parte de la Exposición Mundial de Nueva Orleans, a su vez el gobierno de México comunicó la realización del evento a los Estados de la República; de esta invitación, surgió el informe sobre plantas medicinales del distrito de Huajuapan de León, como parte del expediente enviado por el estado de Oaxaca para la Exposición Mundial de Nueva Orleans. Este documento, transcrito recientemente, ofrece una ventana privilegiada al esfuerzo que México realizó para mostrar ante el mundo su riqueza cultural, productiva y natural. Entre inventarios agrícolas y descripciones territoriales, los gobiernos locales también recopilaron información sobre saberes tradicionales, reconociendo su valor como parte del patrimonio nacional.
Así surgió una relación detallada de veintinueve plantas medicinales empleadas por las comunidades mixtecas y mestizas de la región de Huajuapan. Lo que podría parecer una simple lista, la paleografía nos ayuda a revelar este texto como un testimonio más profundo. Allí se describen plantas como artemisa, muicle, salvia real, espinosilla, ruda, chicalote, gordolobo, pericón, entre muchas otras, junto con las enfermedades que curaban: inflamaciones, neuralgias, reumatismo, disentería, mordeduras de víbora, gangrena, quemaduras, epilepsia o problemas respiratorios.
Cada entrada del documento es en realidad, una síntesis de conocimientos comunitarios que raramente quedaron registrados en obras médicas oficiales. El valor del informe no termina ahí; el texto también detalla los pueblos donde cada planta “vegetaba”, revelando una geografía botánica que permite comprender la estrecha relación entre entorno y salud. Zapotitlán Palmas, Tonalá, Tezoatlán, Huapanapa, Cuyotepeji o Yodohino aparecen en estas páginas, mostrando no solo cuáles eran las especies conocidas, sino también, cómo se distribuían y qué significado práctico tenían para cada población.
En el Archivo, este informe había quedado atrapado entre legajos; pero al descifrarlo, se ilumina un conjunto de conocimientos medicinales que hoy forman parte del estudio de la etnobotánica, la historia de la medicina tradicional y la organización social en la Mixteca. Documentos como éste, muestran por qué los archivos son tesoros irremplazables. No solo custodian leyes o decretos, guardan la memoria de las prácticas que sostuvieron la vida de generaciones. Al rescatar el contenido del expediente de 1884, entendemos mejor cómo las comunidades construyeron su memoria colectiva en relación a los usos terapéuticos, espirituales y culturales, vital para la identidad y autonomía de los pueblos indígenas, y de cómo ese conocimiento fue considerado digno de representación internacional.
Difundir estos documentos no es un acto erudito, sino un gesto de continuidad: reconocer que la cultura se compone tanto de los grandes discursos, como de las recetas, los remedios y los saberes cotidianos. Hoy, más de un siglo después de aquella Exposición Universal, el informe de Huajuapan sigue hablando. Y lo hace gracias a quienes transcriben, estudian y comparten estos materiales. En cada documento recuperado, el archivo revela que la memoria de un pueblo no se pierde: solo espera que alguien la lea para volver a florecer.
