Rafael Alfonso
Tenía el pendiente, desde hace tiempo, de escribir esta nota acerca del libro "Vals profano" (2022) de Víctor Armando Cruz Chávez, publicado bajo el sello de 1450 ediciones. Confieso que al sumergirme en estas páginas, sentí una especie de déjà vu. Quizá se deba a que, como buen oaxaqueño, me sumergí en un universo que no me es ajeno. Este libro es como un viejo amigo al que encuentras en una calle después de años. Te abraza con fuerza, te ofrece un mezcal y por añadidura te cuenta historias que te dejan con la boca abierta.
Víctor Armando es dueño de una prosa muy interesante. Los relatos de "Vals profano" nos envuelven y nos hacen bailar al ritmo de sus caóticos acordes; ¿o será que me engolosino al reconocer el paisaje del entorno oaxaqueño e incluso algunos personajes con su referente de carne y hueso?
Sucede que Víctor Armando ubica los relatos en un universo para mí reconocible, pues tiene la habilidad de pintar con algunas palabras un cuadro tan vívido que casi puedo oler el mezcal y escuchar el sonido de los pasos sobre las calles empedradas del Barrio de Xochimilco. Ahí, como lector, voy de gane, aunque considero que carecer de estos referentes tampoco es un impedimento para el deleite de alguno de los muchos lectores que ahora mismo pueden tener estos relatos en otras partes del país y del mundo.
Es importante no dejarse engañar por esta aparente familiaridad. Aunque los escenarios son reconocibles, las historias que se desarrollan en ellos no son exactamente cotidianas. Si bien, los relatos tienen como punto de partida un escenario casi naturalista, en ellos irrumpe un suceso extraordinario. No hablamos aquí de una suerte de “realismo mágico”, sino más bien de la irrupción violenta de la fantasía, no para convivir armónicamente con un mundo lógico y racional, sino más bien para romperlo, como la inesperada reencarnación, si pudiera llamarse de esa forma, del protagonista del cuento titulado "Nostalgia", de Ana Luna.
"Vals profano" es un libro breve y de fácil lectura, no por ello exento de profundidad, pues hay ocasiones donde, al finalizar una tarde de ingesta alcohólica y amena charla, es necesario y urgente escribir “un relato, una elegía, un epitafio”, o lo que sea, acerca de un personaje que admiramos o nos conmueve.
Eso sí, en el libro se advierte una progresión en la gravedad de los temas de cada texto, de manera que, si esta se hace de forma lineal, hacia los últimos relatos, el lector se verá envuelto en asuntos más graves y serios que en los primeros, que parecen apostar por una suerte de engañosa ligereza y un humor negro que resulta francamente refrescante.
En unos y otros, Víctor Armando despliega sus vivificantes nociones sobre el erotismo y los varios recursos narrativos que posee y que usa con la eficacia propia de un talentoso profesional con un amplio recorrido en las letras.
