Cada diciembre, Oaxaca revive una de las tradiciones religiosas más profundas de su identidad: la celebración de la Virgen de la Soledad, una devoción que entrelaza leyenda, historia y cultura popular desde hace más de cuatro siglos. Su origen se remonta a una narración mística del siglo XVII que, con el paso del tiempo, dio forma al símbolo religioso más representativo del estado.
La tradición cuenta que en diciembre de 1620, un arriero que viajaba de Veracruz a Guatemala llegó a la ciudad de Oaxaca con una mula de más en su recua. Al pasar frente a la antigua ermita de San Sebastián, el animal cayó exhausto por el peso de una pesada caja de madera y murió al instante tras ser descargado. Al abrir el cajón ante las autoridades, se encontró una imagen de la Virgen de la Soledad —con rostro y manos talladas—, un Cristo yacente y un letrero que decía: “Nuestra Señora de la Soledad al pie de la Cruz”. El suceso fue interpretado como una señal divina de que la imagen deseaba permanecer en ese sitio, donde más tarde se levantaría su santuario.
Décadas después, entre 1682 y 1690, se construyó el templo que hoy alberga a la Virgen por orden del obispo Fray Bartolomé de Bojórquez. La Basílica de Nuestra Señora de la Soledad destaca no solo por su valor espiritual, sino también por su diseño arquitectónico, concebido para resistir los frecuentes sismos de la región. Sus muros gruesos y su estructura de baja altura han permitido que el edificio sobreviva a numerosos movimientos telúricos. La fachada de cantera amarilla, de estilo barroco, fue diseñada como un gran retablo exterior o “biombo”, único en México, para que los fieles pudieran venerar la imagen desde la plaza.
Uno de los momentos más relevantes en la historia de esta devoción ocurrió el 18 de enero de 1909, cuando la imagen recibió la Coronación Pontificia. Mediante un decreto del Papa Pío X, la Virgen de la Soledad fue proclamada Reina y Patrona de los oaxaqueños, consolidando su papel central en la vida religiosa del estado. La corona original, elaborada con oro, diamantes y esmeraldas, se convirtió también en protagonista de un episodio que aún despierta misterio: su robo en 1991, un crimen que nunca fue esclarecido y que obligó a la elaboración de una nueva pieza, la que actualmente porta la imagen.
La advocación de la Virgen de la Soledad representa el duelo de María tras la sepultura de Jesús. En Oaxaca, la imagen es reconocida por su manto de terciopelo negro, bordado con hilos de oro y pedrería, que se extiende hasta formar un moño luctuoso a sus pies, símbolo del dolor absoluto. Este atuendo es cambiado periódicamente por las camareras de la Virgen, una tradición que se mantiene viva en este 2025.
Más allá de la capital, la devoción ha adquirido rasgos singulares que refuerzan su relevancia cultural. A pesar de que Oaxaca es una ciudad de montaña, la Virgen de la Soledad es considerada patrona de los marinos. Durante siglos, navegantes que arribaban a los puertos oaxaqueños ofrecieron perlas auténticas en agradecimiento por su protección, muchas de las cuales adornaron sus mantos. En lugares como Puerto Escondido, la festividad se acompaña de procesiones marítimas, en las que pescadores recorren el mar con una réplica de la imagen para bendecir sus redes y embarcaciones.
La celebración también se vive a través de los sentidos y la convivencia familiar. Hoy en día, en los alrededores de la Basílica de la Soledad se instalan puestos de comida, antojitos tradicionales y dulces regionales, así como juegos mecánicos que acompañan la verbena temporal. Este ambiente festivo transforma la zona en un punto de reunión donde la fe se mezcla con la tradición popular y la recreación, especialmente para niñas, niños y visitantes.
Así, la Virgen de la Soledad continúa siendo en 2025 mucho más que una figura religiosa: es memoria histórica, identidad colectiva y una tradición viva que une fe, leyenda y cultura en el corazón de Oaxaca.
