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Conoce la leyenda de Oaxaca "El callejón del muerto"

callejón
Foto(s): Cortesía
Redacción

Leyenda oaxaqueña

Hubo un lejano tiempo en que el entramado nocturno de callejas y callejones, era alumbrado por farolas de aceite que fulguraban en las esquinas del caserío. Esos destellos eran encendidos por serenos que iniciaban su tarea luminosa, un poco antes de caer la noche.

En una de esas mil noches y una noche transcurridas, un sucedido que recrea la leyenda, alteró la quietud del Barrio El Peñasco. Bajo el cielo encapotado, flotaba una atmósfera densa; la quietud sólo era sorprendida por los pasos disonantes de los serenos que cumplían la ronda.

Al sonar la última campanada del día viejo en el reloj de Catedral, se escuchaba el pregón horario de un sereno:

-¡Las doce y nubladooo!

Y cual ecos armónicos, se oían las voces lejanas de otros serenos que revelaban la hora y el tiempo de la noche oaxaqueña. De repente, en un sinuoso callejón del barrio, se oyó un lastimero “ay” prolongado, al que hizo coro un aullido de perros, que anunciaba el paso sigiloso de la muerte.

Por el empedrado del callejón, se deslizaba la silueta de un hombre que hacía oscilar un farol de mano; era como un fantasma que avanzaba como si tuviese alas en los pies; parecía no andar, sino flotar entre las espesas sombras.

Al llegar a las antiguas calles del Marquesado, arribó al templo del barrio y golpeó la puerta del curato con repetidos aldabonazos. 
Después de un largo rato, el cura, somnoliento, apareció en el umbral.

-Disculpe padre lo avanzado de la hora, pero necesito decirle que en el callejón de atrás de La Soledad, fue apuñalado un hombre que requiere su presencia.

-¿Pero, por qué diantres no se le ocurrió despertar al cura de La Soledad o al de San José?

-Porque el moribundo, padre, quiere que sea usted quien lo escuche en confesión.

-Bueno, sus motivos tendrá. Aunque la noche está oscura como boca de lobo, vamos para allá. Ahora eres tú quien guía y alumbra el camino.

Al llegar a la mitad del callejón, tendido boca arriba, yacía, boqueando, el sereno moribundo, mostrando una puñalada que se abría como una rosa florecida en medio de su pecho.

-Ahí está, padre.

-Bueno; toma el farol, retírate y espérame, mientras confieso al pobre hombre.

Fue una dilatada confidencia sacramental, interrumpida por los últimos espasmos que brotaban a borbotones. Después de brindarle la absolución al moribundo, el cura llamó a su acompañante; pero éste no estaba, solo encontró el farol macilento, a varios metros. Reiteró varias veces su llamado, pero nadie le respondió.

Intrigado por saber quién era el vecino al que había confesado, tomó el farol y regresó al lugar donde descansaba el difunto. Al levantar la capa con la que lo había cubierto, descubrió que el muerto era la misma persona que lo había buscado; la misma que lo había conducido hasta su propio cuerpo moribundo. 

Sobrecogido de angustia, a ciegas, porque no quiso tomar la farola del muerto, regresó a la casa cural. 

Muchos días después, presa de una violenta fiebre, aquel santo varón que no alcanzaba a discernir qué misterioso designio lo había llevado a participar en ese lance macabro, se debatió entre la vida y la muerte.

No murió, pero contrajo una sordera absoluta en el oído con el que escuchó los pecados del muerto. Y siempre lo persiguió una pregunta que jamás pudo responder: ¿El hombre al que perdonó, resucitó para recibir el sacramento postrero, o había confesado al espectro de un muerto?

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