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Segunda Calenda de las Culturas desborda alegría y tradición

Foto(s): Cortesía
Alexandra Zolorio

El pulso del Corazón Cultural de México retumbó de nuevo entre cantera verde, estallidos de cohetes y el aroma dulce del mezcal repartido al vuelo. Desde la Fuente de las Ocho Regiones hasta la Alameda de León, la segunda Calenda de las Culturas convirtió las calles de Oaxaca en un cauce de júbilo donde miles de miradas —llegadas desde los rincones más distantes del planeta— se rindieron ante el encanto vivo de la Guelaguetza.

Las faldas multicolores de las Chinas Oaxaqueñas comenzaron a girar, proyectando arcos de luz con sus canastas florales, mientras los sones, fandangos y jarabes marcaban el ritmo de una marea humana que desbordó las aceras. Encabezada por la silueta firme de la Diosa Centéotl 2026, Enid Azucena Torres Agustiniano, la comitiva avanzó envuelta en el estruendo festivo de la banda de viento, la luz brillante de los faroles y el brillo de la pirotecnia que desgajaba destellos en la noche oaxaqueña.

Veintiocho delegaciones se adueñaron del pavimento, transformando el trayecto en un mosaico vivo de las ocho regiones. Las chilenas costeras de Pochutla, Huazolotitlán, Jamiltepec y Tututepec contagiaron su cadencia marina; los sones mazatecos de San José Tenango y el misticismo zapoteco del Istmo —llegado desde El Espinal, Ixtaltepec, Matías Romero y Juchitán— estremecieron a la multitud con su altivez y elegancia.

Paso a paso, los chilenos de Miahuatlán, el zapateado firme de Yalálag, la energía indomable de los diablos y tiliches de Putla Villa de Guerrero, y las notas entrañables de Santiago Jocotepec unieron a visitantes y locales en un solo baile colectivas. La fiesta apretó el paso con la picardía de San Sebastián Tutla, la historia viva de Cuilápam de Guerrero, el contrapunto de Loma Bonita y la fuerza de la Cuenca con San Juan Bautista Tuxtepec.

Desde la Mixteca y las alturas serranas hasta los cañones cálidos, las pisadas de Santiago Llano Grande, San Francisco Sola, Santa Lucía del Camino, Tlaxiaco, Cuicatlán, Macuiltianguis, Nochixtlán y Teotitlán del Valle se sumaron al alegre alboroto de las Chinas de Casilda Flores. No había espectadores; solo cuerpos que intentaban replicar el zapateado y manos alzadas para recibir la guelaguetza compartida.

Al desembocar en el centro histórico, un castillo de luces e hilos de fuego estallaron en el cielo nocturno sobre el corazón de Oaxaca de Juárez. Con los oídos rebosantes de notas de bronce y los ojos deslumbrados por la pólvora, la multitud atestiguó el preámbulo perfecto para la Octava del Lunes del Cerro: esa promesa anual donde Oaxaca no solo celebra sus raíces, sino que se las regala enteras al mundo.

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