Yayo Herrero
En un planeta físicamente limitado, en el que un crecimiento económico ilimitado no es posible, la justicia se relaciona directamente con la distribución y reparto de la riqueza.
El acceso a niveles de vida dignos de una buena parte de la población pasa, tanto por una reducción drástica de los consumos de aquellos que más presión material ejercen sobre los territorios con sus estilos de vida, como por una redistribución justa de la riqueza.
La política económica ha desarrollado múltiples instrumentos para repartir la riqueza (tierra, trabajo y capital) que están absolutamente vigentes en el momento actual. Reducir las desigualdades, cuando no es deseable ni posible ampliar la esfera material de la economía, nos lleva a un debate central: el de la propiedad. En una cultura de la sostenibilidad habría que diferenciar, por ejemplo, entre la propiedad ligada al uso de la vivienda o el trabajo de la tierra, de la ligada a la acumulación.
Durante los últimos años han proliferado múltiples experiencias que intentan ensayar modos alternativos de producir, cuidar o distribuir, de gestionar la propiedad, de financiar proyectos y a colectivos. Las personas organizadas en cooperativas de consumo agroecológico en el mundo se cuentan por miles; existen cooperativas de servicios financieros con muchos años de vida y con unas cantidades de dinero prestado nada despreciables; existen redes de cuidados compartidos que resuelven necesidades de atención a niños y niñas; residencias de mayores autogestionadas basadas en el apoyo mutuo; proyectos de cooperativas integrales y mercado social: medios de comunicación alternativos; software libre que ha sido capaz de plantarle cara a Microsoft.
Estas experiencias son laboratorios sociales, a la vez que satisfacen las necesidades concretas de quienes participan en ellas. Alentar estos proyectos, aunque sean pequeños y no supongan una alternativa global, es muy importante porque además preparan a las personas y colectivos para disputar el poder en todos los ámbitos.
Si partimos de la hipótesis de que, aunque incompletas, disponemos de ciertas propuestas y directrices para comenzar a ensayar transiciones socioecológicas hacia otro modelo de economía y organización social, nos enfrentamos a un problema para el que, sin embargo, nos encontramos en una situación de inmadurez preocupante. Nos encontramos ante una situación de enorme debilidad en la respuesta social. Existe una enorme distancia entre la dureza de la ofensiva neoliberal y la creciente, pero aún embrionaria, movilización social, un enorme desnivel entre la brutalidad de los ajustes que vivimos y la capacidad para hacerles frente. Hoy nos falta poder político para forzar las transiciones. Y para conseguirlo es preciso que amplias mayorías se libren de un modelo de pensamiento que fuerza al naufragio antropológico. El difícil reto es conseguir que las personas deseen esta transición. No hay atajos y el trabajo colectivo en instituciones, redes y organizaciones ciudadanas de todo tipo es imprescindible. Se trata de una tarea de pedagogía popular a realizar casi puerta a puerta. Para poder cambiar, necesitamos desvelar los mitos y ficciones y componer otro relato cultural más armónico con la consistencia humana. Es una obligación realizar un ejercicio de creatividad en los imaginarios de un calado sin comparación con ningún otro momento histórico. Es preciso reinventarnos y colocar en el centro de la sociedad otros objetivos que sustituyan a la expansión de los beneficios y del consumo como motores de cambio. Son necesarios los cambios por arriba y por abajo y debemos ser conscientes de las falsas dicotomías que también pueblan el panorama de los movimientos político-sociales. Los proyectos locales y autogestionados firmemente anclados en los territorios, son vulnerables si no se actúa también en las escalas macro. Un proyecto productivo agroecológico consolidado, por ejemplo, puede destruirse si se ponen en marcha prospecciones petrolíferas o proyectos de fractura hidráulica en algún territorio cercano. También es cierto, que las transformaciones en el ámbito institucional, sin «pueblo» que las defienda y presione para conseguirlas son poco probables. En cada encrucijada de este camino, ante cada duda, convendrá preguntarse qué piensa el feminismo. Tenemos un grave problema de espacio y tiempo y el movimiento feminista ha pensado mucho sobre ambos temas. Hoy, regenerar la sociedad y la democracia requiere valorar la experiencia, aquello «sabido no pensado» que forma parte del bagaje aprendido en los márgenes que la sociedad patriarcal obligó a ocupar a las mujeres.
Después de estas reflexiones queda al fin un interrogante esencial: ¿Seremos capaces de forzar estas transiciones? ¿Podría producirse este cambio cultural en un mundo asentado estructuralmente en el capitalismo y el patriarcado? ¿Tenemos tiempo para este cambio? A falta de certezas, no nos queda otra que intentarlo.
*Yayo Herrero López (Madrid, 1965) es una antropóloga, ingeniera, profesora, doctora en Sociedad, Política y Cultura y activista ecofeminista española. Es la investigadora más influyente en su campo a nivel europeo.
Responsable de la sección Ciencia y Sociedad: Leonardo Pino.
