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Andador de Letras: "El Alacrán"

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Foto(s): Cortesía
Redacción

Rafael Alonso

Después de una larga temporada de lluvias, los techos de las casas que se aferraban a las faldas de la montaña se tatemaban como lagartijas al sol. En una de estas viviendas habitaba un hombre al que todos conocían como "El Alacrán". Le llamaban así porque su mirada era penetrante como el aguijón de aquel artrópodo.

Bajo la piel curtida por el sol y aquella camiseta de un blanco impecable, latía un corazón inquieto, un volcán siempre a punto de erupción. Era un hombre parco, pero de una inteligencia oscura que no le permitía descifrar enigmas más o menos complejos. Aún así, sus vecinos decían que El Alacrán podía leer los pensamientos de las personas con solo mirarlas a los ojos. Algunos aseguraban que tenía la capacidad de comunicarse con las plantas, y otros, los más supersticiosos, juraban que, ciertas noches, podía transformarse en animal, pero la verdad es traicionera como la corriente de un río. Sólo quien busque con paciencia y perseverancia, podrá encontrar alguna respuesta.

Una tarde, mientras caminaba por la orilla del río, El Alacrán se detuvo, pensativo. Observó de frente el cielo que comenzaba a despejarse, las montañas escarpadas, las selvas impenetrables y más allá de ellos imaginó océanos embravecidos. De repente, se arrodilló y bebió de las aguas cristalinas para encontrarse con que su imagen no se reflejaba en ellas; entonces se dio cuenta de que estaba experimentando un sueño vívido y cómo, de repente, una sombra se cernía sobre él.

Al despertar en su camastro, El Alacrán se sintió confundido y perturbado. ¿Era aquel sueño la señal que estaba esperando? 

Cuando el sol ya había evaporado los últimos charcos, el hombre sintió cómo en su interior renacía un anhelo que lo consumía como una brasa. Recordó la mujer que alguna vez habitó sus sueños y había desatado sus peores pesadillas, una figura etérea que años atrás lo había rechazado. Sus palabras habían dejado en él una cicatriz profunda, una herida que se había mantenido latente hasta ese preciso momento.

Con paso firme, El Alacrán emprendió el camino hacia el caserío, donde aquella mujer había huido por sus amenazas. La jornada fue larga, pero él avanzó sin detenerse, poseído por aquella fuerza oscura que lo arrastraba hacia adelante. Una vez en el lugar, no pasó mucho tiempo antes de que llegara frente a aquella casa, una construcción humilde, casi escondida entre los árboles frutales. 
Llamó a la puerta. La mujer que abrió se encontró de frente con un par de ojos negros y fríos. Por un instante, el tiempo pareció detenerse. En la mirada de la mujer se advirtió un destello de sorpresa y el miedo descompuso su rostro.

—He venido a cobrarte una deuda muy antigua —dijo El Alacrán, con voz ronca y grave.

La mujer palideció y trató de cerrar la puerta, pero él la detuvo con el peso de su cuerpo.

—No te apresures —continuó, acercándose confiado—. Tenemos mucho de qué hablar.

Con un movimiento contundente, el hombre traspasó el umbral y cerró la puerta tras de sí. La verdad de lo que allí ocurriría, como siempre, se ocultará en las sombras, quizá por años, a la espera de ser revelada.

 

Semblanza

Rafael Alfonso. Editor, divulgador literario y narrador. Redacta la columna dominical "El Lector Furtivo" en este mismo diario. Es autor del poemario "Guitar Hero" (El Cuajilote, 2018) y del volumen de cuentos "Decencia ficción"  (La bradería, 2016).

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