Rafael Alfonso
Ayer pasé por mi antiguo barrio y, como es natural, la nostalgia empezó a producir ciertas imágenes. En un abrir y cerrar de ojos me encontré a mí mismo, pero desde otra perspectiva, la del niño de 7 años que caminó por esas calles hace algunas decenas de años.
Lo que me parecían enormes jardines no eran más que algunos metros cuadrados sembrados con algunos arbolillos, lo que parecían grandes muros desde los cuales saltábamos al vacío, no eran más que pequeñas bardas. En este sentido recordé un trayecto que, en su momento me parecía enorme y no era más que una caminata de 10 cuadras, demasiado largo para mis pasos, pero demasiado corto para tomar un transporte público.
Era el camino a la peluquería.
Cortarnos el cabello era un asunto de carácter ritual. Como mi padre, mi hermano y yo éramos pelados en la misma fecha, el pelo nos crecía más o menos al mismo ritmo, era entonces que íbamos al local de Don Beto, el peluquero, mejor conocido como el “Tijeras
de oro”; de nuestro rumbo. En cada una de esas excursiones dominicales, todos los hombres de la familia pasábamos por las tijeras del artista.
Después de la caminata descrita entrábamos al local que nunca estaba vacío. La única silla de la peluquería estaba siempre ocupada por un cliente, ya fuera un niño o adulto. El resto del lugar estaba amueblado con sillones que ocupábamos quienes esperábamos turno.
En ese momento llegaba la parte más interesante: tomar asiento frente a una mesa de cristal atiborrada de periódicos y revistas de todo tipo, desde los consabidos catálogos de cortes y peinados, hasta las revistas Impacto y Proceso, cuyos temas políticos poco me interesaban, pasando por las revistas de moda para señoras. Había también una generosa colección de cómics nacionales, la cual era realmente el blanco de mi atención.
Yo comenzaba buscando los últimos números de Kalimán para darle seguimiento a la historia que había dejado el mes anterior. No le hacía el feo a el Transas, Memín Pinguín - ahora en proceso de ser cancelado-, El Libro Vaquero y, entrados en esas, hasta el Libro Sentimental también pasaba. Aunque se entendía que eran lecturas dedicadas mujeres adultas de amplio criterio, recuerdo haber tomado de ahí varias enseñanzas para mi vida incipiente.
Don Beto, tenía muy buen ojo para la lectura popular y divertida, por supuesto no faltaban en su mesa las revistas con chismes de la farándula donde, en un abrir y cerrar de ojos, uno podía enterarse de los desfiguros de los famosos para sentirse con el derecho de juzgarlos. Cuando llegaba mi turno de subir a la silla de Don Beto, todavía cargaba con una revista que mi juicioso padre me arrebataba, pues ya me había contado la historia de aquél que por no estar atento a su corte, terminó pelón. Y a la orden de “casquete corto”, Don Beto procedía. En cuestión de minutos pasaba de estar greñudo como Beatle a pelado como soldado.
Para cuando iniciábamos el camino de vuelta a casa, el sol ya estaba en lo alto. Mis, ahora pocos, cabellos no podían hacer mucho para protegerme del sol y si pedíamos un refresco para mitigar la sed, la respuesta invariable era:
—No. Ya vamos a llegar a la casa, ahí toman agua.
...bueno, esa es otra historia.
