El aire del Centro Histórico huele distinto. No es el aroma cotidiano a café de olla ni el humo sutil de las tlayudas que empieza a asomarse con la tarde. Es un perfume dulce, tibio, con notas de canela, piña y coco que envuelve los atrios de los templos y obliga a los transeúntes a detener el paso. Es Jueves de Corpus Christi, el día en que Oaxaca cumple con un ritual que se hornea desde hace siglos: la fiesta de las empanaditas.
Caminar hoy por las banquetas de la cantera verde es tropezar con la memoria viva. Afuera de los templos, los canastos de mimbre y las mesas improvisadas se desbordan de pequeños semicírculos dorados, espolvoreados con una capa fina de azúcar glass. Esta festividad católica, celebrada exactamente sesenta días después del Domingo de Resurrección, demuestra que en Oaxaca la fe no solo se reza, sino que también se saborea.
El secreto conventual que se volvió pueblo
La tradición no es nueva, pero se siente fresca en cada mordisco. Cuentan las crónicas locales que la costumbre nació entre las paredes de los conventos coloniales de la vieja Antequera. Las monjas, en un gesto de comunión y generosidad, preparaban estos bocadillos dulces para regalarlos a los fieles que salían de las largas liturgias. Lo que comenzó como un mimo al alma y al estómago de los devotos, con el paso de las generaciones se mudó a las cocinas de los barrios y a los hornos de las familias oaxaqueñas.
"Es una herencia que no podemos dejar morir", dice Doña María, mientras acomoda con delicadeza una docena de empanadas en una bolsa de papel. Ella aprendió el oficio de su madre, y su madre de la abuela. "Antes, los padrinos traían canastas llenas de frutas y estas empanaditas para regalárselas a sus ahijados como un deseo de que nunca faltara el pan en la casa. Ahora la gente viene por el gusto de compartirlas en la cena con un chocolate caliente".
Tres sabores para detener el tiempo
Aunque la repostería moderna intenta abrirse paso con innovaciones, el paladar oaxaqueño es de una fidelidad inquebrantable. En las calles no se buscan experimentos; se buscan los tres pilares de la tradición: la piña natural rallada y cocida a fuego lento; el coco tierno y dulce; y, por encima de todos, la reina de la tarde: la lechecilla.
Esta crema pastelera artesanal, elaborada a base de leche, yemas de huevo, azúcar y el toque exacto de vainilla y canela, es el alma del festejo. Una buena empanadita debe estar crujiente por fuera y desbordar esa cremosidad tibia al primer bocado, provocando un contraste que suspende por un instante el bullicio de la ciudad.
Los datos curiosos detrás del bocado celestial
Más allá del fervor y el azúcar, la festividad esconde secretos y simbolismos que pocos turistas imaginan pero que los locales repiten con orgullo:
- ¿Una metáfora de la Hostia?: En el lenguaje de los panaderos tradicionales, la masa hojaldrada simula visualmente la sagrada hostia. Al morderla y descubrir el relleno, se alude místicamente a la abundancia espiritual contenida en el cuerpo de Cristo.
- Una tradición única en el mapa: Si bien el Corpus Christi se conmemora en todo el mundo católico, el estado de Oaxaca posee la distinción exclusiva de festejar este día específicamente a través del consumo masivo de empanaditas dulces de lechecilla.
- Las mulas que doblaron las rodillas: Paralelamente al olor a horno, en los puestos se venden pequeñas mulitas artesanales hechas de hojas de maíz secas con guacales cargados de dulces. La leyenda cuenta que un hombre llamado Ignacio dudaba de su vocación sacerdotal y pidió una señal en este día; al pasar la procesión del Santísimo Sacramento, su propia mula se arrodilló de golpe. El milagro convirtió al incrédulo y bautizó popularmente a la fecha como el "Día de las Mulas".
- Manos libres de máquinas: Las auténticas empanadas de Corpus Christi se niegan a la industrialización. Las familias reposteras de zonas como la Villa de Etla extienden la masa hojaldrada totalmente a mano y las hornean rigurosamente con leña, dándole un sutil sabor ahumado imposible de replicar en estufas modernas.
