En 50 años nunca había tenido un encuentro de este tipo y quizá el pez más grande del mundo tampoco, el tiburón ballena comenzó a merodear su bote, era un día común de pesca en la playa principal de Puerto Escondido y don Luis Luna Castellanos no lo pensó dos veces: su sangre hirviendo y su valentía hicieron el resto.
Bien pudo haber muerto, un coletazo o un golpe de la cabeza del animal -su peso medio llega a ser de 37 toneladas y su longitud de hasta 12 metros- pudo poner fin a la existencia del pescador artesanal, que desde los 13 años supo que su vida estaría dedicada al mar, pero no, ese no era su día.
El hombre de 66 años, el cuarto de un total de 11 hermanos y vecino del sector Juárez centro, tocó sin miedo a su “amigo”, con el tamaño similar al de una ballena y su encuentro fue breve pero amistoso, sobre todo porque no estaba provisto de equipo especial, "como los buzos de la tele".
Los únicos testigos de su experiencia en vivo fue su nieto, Luis Roberto Luna Ruiz, y un colega de oficio; el jovencito, admirado, en algún momento también quiso saltar. Se arrepintió.
Así que el único que pudo tener contacto con el “Señor Pez”, que en Vietnam es venerado como una deidad, fue Luis, ese pescador nacido en 1951 y a quien no le hacen falta cálculos matemáticos, ni cañas, ni carretes, avíos, anzuelos, aparejos o plomos, para hacer de los seres del mar su sustento y su razón de vivir.
“Sentí una corazonada”, dice don Luis, mientras asegura que sus padres siempre le aconsejaban no tenerle miedo al mar, sino respetarlo y así lo hizo con el pez dominó, identificado así por sus colores.
El gigantesco pez, cuya especie tiene una existencia de 70 millones de años y está calificado según la Norma Oficial Mexicana NOM-059-SEMARNAT-2001, en la categoría de Amenazado, y actualmente se encuentra protegido por organismos y leyes nacionales, había estado al menos 10 minutos rondando la barcaza; tal vez presentía el encuentro, que se dio en la zona costera, a unas dos millas de la playa, lugar en el que los pescaderos se guían únicamente por los cerros, entre los hoteles Rincón del Pacífico y Las Palmas.
Cinco décadas hubieron que pasar para que el “raspa banda”, así conocido por los lugareños, por aparecerse sorpresivamente para rascar su panza con las embarcaciones y quitarse los parásitos, se decidiera a ser tocado por este “suertudo” humano como se define don Luis.
