Pasar al contenido principal

Teatro

Foto(s): Cortesía
Redacción

Josemari no voltea a ver al chico de la mesa de enfrente. Quizá hubiera podido saludarlo e invitarlo a unirse a su grupo de teatro. Vaya usted, joven, lo veo con talento y nunca me equivoco. Sin embargo, un acercamiento precedido de un ridículo no es buen augurio.


Busca alumnos porque su segunda opción se convirtió en la única. Sus clases en el parque se llenaban de curiosos. El número de alumnos no aumentaba porque a los que se sumaban había que restar los que desertaban. Josemari era muy estricto y en ocasiones les gritaba a sus estudiantes por su falta de capacidad o dedicación. Aun así, logró una base de alumnos que él consideraba fieles aunque no sobresalientes.


La paga era módica. Después de dudarlo mucho, decidió celebrar su cumpleaños con una botella de güisqui.


Se sirve otro vaso y brinda con un interlocutor invisible. Es el único lujo que se ha dado en mucho tiempo.


Los tiempos en los que tuvo su oportunidad ya pasaron. ¿Su oportunidad? La oportunidad de venderse, piensa. No, gracias. Tres pasos desde esta marca, señor, y mire directamente a la cámara. Un poco más de costado para aprovechar esta luz. ¿Puede intentarlo de nuevo?


¿Cómo te fue?, le preguntó su esposa. Paty jugaba en la sala. Él lo había intentado no por convencimiento, ni porque quisiera dar el salto, ni por la paga. Lo intentó para que ella no le recriminara después no haberlo intentado. ¿Sabes qué me dijeron?, que exagero mis remates. ¿Qué? Eso. ¿Qué significa? ¡Qué mierda voy a saber yo! ¡Que gesticulo demasiado, que proyecto la voz de más... no sé! ¿Te das cuenta? A mí, que llevo más de cincuenta obras; que acabo de regresar de una gira por Europa. ¿Alguno de ellos conoce siquiera Europa? Lo dudo. ¿Sabes qué me dijo Ambrose Coleman después de esa presentación en Londres? Que el día que quisiera, podría integrarme a The Nook’s Men, que sólo necesitaba trabajar mi inglés. ¿Te das cuenta?, Coleman, uno de los mejores directores de teatro de Inglaterra y del mundo. No estos ignorantes que sólo saben hacer culebrones y películas de charros cantores.


—¿Se le ofrece algo más?


—¡No se me ofrece nada! Deje de estar molestando.


—Disculpe —dice el mesero y se retira.


Disculpe, disculpe, masculla Josemari entre labios.


El mesero regresa al poco rato.


—Señor, debe desocupar la mesa.


—Yo me puedo quedar el tiempo que quiera.


—Tiene que pagar la cuenta.


—¿Creen que no tengo dinero para pagar?


—No, sólo que ya está usted tomado, señor.


—Váyase al carajo.


A los pocos minutos, Josemari siente que dos personas lo toman del brazo y la cintura y lo arrastran por las escaleras. Trata de imaginar esa escena como si él la estuviera dirigiendo. ¿Qué instrucciones le daría al hombre que lo jala del brazo? ¿Y al que lo apoya? Toma nota mental de la distribución del escenario, de los espacios libres, de los obstáculos. Se deja arrastrar.


—No merezco este trato —se queja con la cajera—. Exijo una disculpa.


La mujer le espeta un número y Josemari tarda en entender que es el monto que le están cobrando.


—No voy a pagar hasta que se disculpen —dice.


Uno de los meseros se apodera de su billetera. Josemari forcejea y termina perdiéndola. El hombre extrae los dos únicos billetes que lleva y los deja en la caja. Josemari se niega a recibirla de regreso.


—¡Es un robo! ¡Es un robo! —dice.


Los hombres lo empujan frente a la entrada del establecimiento. Él trastabilla con el marco de la puerta, da un par de pasos en la banqueta y cae de rodillas en la calle. No se ha lastimado, es un dolor distinto el que lo obliga a mantenerse ahí, inmóvil. Siente las piedras bajo sus manos. Se sacude lentamente la camisa y la parte baja del pantalón. El mesero le tira su billetera que cae a pocos centímetros. No la levanta. Dos niños se detienen un momento frente a él y lo observan. Dos, tres minutos acodado en el suelo.


Josemari comienza a incorporarse con dificultad. Una mano apoya su brazo y lo ayuda a pararse. Es Christian.


—¿Está usted bien?


—Disculpe —dice Roxana… —. Lo vimos de la otra mesa, y nos pareció conocido.


—¿Es usted alguien famoso? —agrega el chico.


—¿Famoso?, no —titubea Josemari.


—No le diremos a nadie.


Josemari los mira al mismo tiempo con tristeza y simpatía. Tiene un ligero brillo en los ojos que le ha dejado el alcohol. La chica toma la palabra.


—¿Es usted Andrés Maldonado?, ¿el escritor?


Josemari baja la cabeza. Está a punto de decir que no. Que no tiene ni puta idea de quién es el escritor ése. Que él es José María García, actor de teatro, el Andaluz para los conocidos, Josemari para los cercanos, el Profe para sus alumnos, pero se arrepiente.


—Sí —contesta—. Soy yo.


—Te lo dije —dice él. Ella asiente.


—Mucho gusto.


Josemari los ve alejarse. El chico se acerca como si quisiera abrazarla y no se atreviera. Se toman las manos y juegan a acercarse y separarse a cada paso. Se pierden de vista en la calle empedrada de una ciudad sin teatro.


FRASE


"Los hombres vuelven a tomarlo del brazo y lo empujan frente a la entrada del establecimiento. Él trastabilla con el marco de la puerta, da un par de pasos en la banqueta y cae de rodillas en la calle. No está tan ebrio como para no poder pararse de inmediato; tampoco se ha lastimado, es un dolor distinto el que lo obliga a mantenerse ahí, inmóvil".


CONTACTO


Noticias ¡Cerca de ti!

Conoce los servicios publicitarios que impulsarán tu marca a otro nivel.