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Comparsas: la muerte tiene permiso en Oaxaca

Foto(s): Cortesía
Nadia Altamirano Díaz

Son vísperas de Día de Muertos. En Oaxaca el único encuentro que los vivos creen tener con sus fieles difuntos, se recibe con alegría.


Las calles del Centro Histórico se llenan con 15 comparsas, esa forma de expresar la mezcla de tradiciones prehispánicas y postcoloniales que hasta hace unos años sólo se manifestaba en los barrios de Oaxaca y los Valles Centrales.


Los primeros en salir de la Cruz de Piedra, en donde inicia la calle de García Vigil, en el centro de la ciudad, son los Nahuales de San Martín Tilcajete, un grupo de 45 niños hijos de artesanos.


Sus mascaras son de papel mache y al igual que su ropa negra, está coloreada con los tonos neón de viste los alebrijes que caracterizan a ese municipio.


Diablos de carnaval



El sincretismo con la muerte y la percepción del inframundo. FOTO: Mario Jiménez

Con sus diablos aceitados el Carnaval Ancestral que sale a las calles de San Martín Tilcajete el martes que antecede al Miércoles de Ceniza del calendario religioso se cuela en las fiestas de muertos.


Con sus diez grupos diversos la comparsa del Centro de Educación Artística Miguel Cabrera (CEDART) enriquece el recorrido: una marmota en forma de craneo, una calaca de cinco metros de altura elaborada de papel mahe y carrizo.


Adelantados al uno de noviembre, 25 integrantes del Grupo Cultural San Sebastián de Santa Cruz Xoxocotlan, bailan por la dicha de estar vivos, todos con su traje característico, pero con la cara pintada de blanco y negro, emulando a las y los catrines.


Guelaguetza en muertos



Cada comparsa con su banda de música. FOTO: Mario Jiménez

Se piensa en un sincretismo con la Guelaguetza al ver la comparsa de 90 Chinas Oaxaqueñas que también desfilan el día que se conmemora el inicio de la Independencia de México, cargan sus canastas con imágenes formadas de cempasúchil.


Su atuendo es el tradicional, “pero caracterizadas” para mofarse de la muerte, esa que como buenas zapotecas esperan con gusto y algarabía para celebrarla.


Las banquetas del andador turístico sirven para formar vallas humanas. Los brazos en alto sosteniendo teléfonos móviles a manera de cámaras de video y fotográficas. El turismo está extasiado. El caminar de disfrazados es interminable.


Los hay con trajes regionales, de duelo con muertos o lo diverso, como la comparsa de Tlacolula de Matamoros que trae a hombres vestidos de mujeres, a novias, amas de casa, borrachos, sacerdotes o un catrín montado en una bicicleta de metal con una enorme llanta delantera.


Del Valle de Etla



Diez grupos con proyectos diferentes enriquecieron la comparsa del CEDART. FOTO: Mario Jiménez

En ese municipio la comparsa empieza el 1 de noviembre y dura tres tardes con sus noches. La fiesta se repite a las tres semanas, “cuando les toca los responsos”, cuenta su director de Turismo y Cultura, Jorge Armando Hernández Morales.


Del Barrio de abajo de Guadalupe Hidalgo, Etla, nueve catrinas muestran la prticularidad de su vestido y sombrilla, todo elaborado con tela, platos, vasos y cucharas desechables.


También de esa parte del Valle de Etla, pero del Barrio de abajo de Soledad 150 disfrazados lucen los trajes con los que bailarán desde las 3:00 de la tarde el 1 de noviembre hasta la mañana del día siguiente.


La tradición se mantiene. La mayoría de disfrazados eligen trajes y personajes típicos de la fiesta de los fieles difuntos, aunque no está exenta de contaminarse con vampiros y un muñeco diabólico infantil, quien, montado en los brazos de su padre, causa ternura, aunque no sea parte de ninguna de las 15 comparsas.

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