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Nuestras pequeñas "películas de terror" cotidianas

Una bolsa de compras llena de productos ilustra el concepto de las compras impulsivas, un ejemplo de las pequeñas películas de terror cotidianas.
Foto(s): Cortesía
Redacción

Hace unos días cobró fuerza en las redes sociales una divertida tendencia. Con la etiqueta “Mi top cinco de películas de terror” usuarios de internet compartieron una serie de situaciones de la vida diaria que los llevan a un estrés particular.

Desde luego estas narrativas no incluyen monstruos, posesiones o casas embrujadas, sino que retratan escenas de nuestra rutina, por ejemplo: una llamada perdida del jefe a las siete de la mañana, la notificación de una compra que no recordamos haber hecho o el clásico entrar al supermercado por una leche y salir, con helado, papas y refrescos que no teníamos pensado adquirir.

Afinando un poco la mirada, podemos caer en cuenta de que, en cada uno de estos hechos cotidianos, presentados humorísticamente como “películas de terror”, se esconde un maravilloso, pero complejo entramado. Les comparto una anécdota: Me cuenta una amiga que trabajaba hasta la madrugada y en un momento dado se quitó del escritorio para ir al refrigerador, abrió la puerta y miró su interior sin encontrar nada de su interés. Pasados varios minutos, volvió a repetir exactamente el mismo procedimiento, por supuesto, sin tomar nada del aparato. No es difícil colegir, que esa insistencia era ajena al hambre física. ¿Es que, en realidad, mi amiga abrió la puerta esperando que, de forma mágica, hubiera aparecido algo nuevo? Hemos de suponer que no, es más probable que ante el estrés de un trabajo que parecía no terminar buscara una pequeña tregua, que ni siquiera requería el apapacho de consumir una golosina para ejecutarse.

En cuanto a la anécdota del supermercado. Salir con la bolsa llena de compras cuando originalmente ibas por una sola cosa, es el ejemplo perfecto de que el ello emerge cuando tiene a la vista la oportunidad. 

Reírnos de nuestras pequeñas manías no sólo es saludable, es bien sabido que el humor alivia nuestro aparato psíquico si es que no nos juzgamos con severidad. Es el caso del ejercicio que se viralizó con la etiqueta “Mi top cinco de películas de terror”.

Sin embargo, cuando estas escenas cotidianas dejan de causar risa y se transforman en un lastre pesado o repetitivo que drena nuestra energía, vale la pena hacer una pausa. Cuando abrir el refrigerador o llenar el carrito del súper no basta para calmar el ruido interno, el espacio analítico surge como un lugar idóneo y seguro. Ir a terapia no se trata exclusivamente de resolver grandes catástrofes; es, muchas veces, el espacio para sentarnos a conversar con calidez sobre esos pequeños dramas diarios, entender qué historia nos estamos contando y considerar reescribir el guion.

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Esta colaboración es parte de la columna Lecturas para la vida.

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