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Miscelánea: La patria se cubrió de gloria

Foto(s): Cortesía
Redacción

Leonardo Pino

En la madrugada del 5 de mayo de 1862, siete mil soldados del imperio francés, con armas poderosas en alcance y capacidad, se aprestan a tomar la ciudad de Puebla, para avanzar hacia la capital de la República. Toda la oficialidad es francesa y entre la tropa hay egipcios, antillanos y argelinos, los famosos zuavos que conformaban una unidad de élite. Llegaron a nuestro país, victoriosos de sus últimas batallas en Crimea y Sebastopol, en el antiguo imperio ruso, y de Magenta y Solferino, en Italia. Eran profesionales de la guerra, y hasta esa mañana, invencibles.

La batalla que comenzaba parecía, para ellos, un simple trámite. En su reporte escrito en Orizaba, plagado de racismo, clasismo y xenobofia, el jefe del ejército invasor, Charles Ferdinand Latrille, Conde de Lorencez, decía: a Édouard Thouvenel, ministro de asuntos extranjeros de su país:

Tenemos sobre los mexicanos tal superioridad de raza, de organización, de disciplina, de moralidad y de elevación de sentimientos, que suplico a Vuestra Excelencia se sirva decir al Emperador que, desde ahora, a la cabeza de sus seis mil hombres, soy dueño de México”.

El jefe mexicano, general Ignacio Zaragoza, reconoció la jerarquía militar del enemigo, al arengar a los patriotas bajo su mando: “Nuestros enemigos son los primeros soldados del mundo; pero vosotros sois los primeros hijos de México”. Sin embargo, nuestros soldados combatían con ventaja, porque, como se los recordó el joven comandante: “Hoy vais a pelear por un objeto sagrado: vais a pelear por la Patria.” 

Deseosos de expulsar a los que habían osado mancillar con sus plantas el suelo patrio, estaban los nuestros, liderados por un general de 33 años. Era el ejército nacido de la Revolución de Ayutla y de la Guerra de Reforma, de origen popular y con la mitad de la tropa recién reclutada. Carecía de armamento y suministros adecuados; muchos soldados combatieron con lanzas y machetes; otros con viejos fusiles de chispa y percusión. La ciudad que defendieron les regateó solidaridad y apoyo económico; hubo muy pocos voluntarios poblanos a las órdenes de Ignacio Zaragoza. 

El fragor de la batalla

Antes del enfrentamiento, los fuertes de Loreto y Guadalupe fueron ocupados por 1,200 soldados al mando del general conservador Miguel Negrete, quién abandonó las filas reaccionarias para sumarse a la causa nacional. Al ser consultado respecto a su valiente decisión de sumarse a la causa juarista, Negrete dijo con seguridad: “Yo tengo patria antes que partido”.

En el parte de guerra, elevado al ministro de la Guerra, el general Zaragoza detalla: “Al Batallón Reforma lo mandé a auxiliar los cerros; al Batallón de Zapadores a un barrio a la falda del cerro, impidiendo el ascenso francés en la lucha casi personal. Tres cargas hicieron los franceses y fueron rechazadas”.

Más adelante, en el mismo parte, Zaragoza menciona al general oaxaqueño Porfirio Díaz, comandante de la Tercera División, integrada por Primer y Segundo Batallón de Oaxaca; Batallón Morelos de Oaxaca, Batallón Guerrero de Oaxaca y Batallón Independencia de Oaxaca: ”El ciudadano general Porfirio Díaz con dos cuerpos de su Brigada (…) contuvieron y rechazaron a la columna enemiga; (…) yo no podía atacarlos, porque derrotados como estaban tenían más fuerza numérica que la mía; por tanto, mandé hacer alto al ciudadano general Díaz, que con su empeño y bizarría las siguió, y me limité a conservar una posición amenazante”. (…) Por demás me parece recomendar a usted el comportamiento de mis valientes compañeros; el hecho glorioso que acaba de tener lugar patentiza su brío y por sí solo los recomienda”.

Y con austero laconismo, con palabras tan dignas como ciertas, el joven general remata el sobrio parte militar:

“Las armas nacionales se han cubierto de gloria, y por ello felicito al primer magistrado de la República, por el digno conducto de usted, en el concepto de que puedo afirmar con orgullo que ni un solo momento volvió la espalda al enemigo en Ejército Mexicano durante la larga lucha que sostuvo”. 

Ygnacio Zaragoza, una esperanza radiante

En la novela histórica, El sol de mayo, memorias de la intervención, su autor, Juan Antonio Mateos, narra sobre Ygnacio (así escribía su nombre el general Zaragoza): “Saludaba siempre al pueblo con emoción. Su fisonomía, constantemente serena, infundía respeto y veneración. (…) Trataba con seriedad, pero con exquisita distinción, a sus subordinados y consideraba a la tropa. Era poco comunicativo, y jamás se ostentaba si no en los momentos supremos. Su presencia en el ejército era una esperanza radiante, que infundía valor y decisión al soldado”.

Cuando algunos fifís cuestionaron que el presupuesto del Ministerio de Guerra fuera más del 50 % de todo el presupuesto del gobierno federal, cansado, pero firme, el general respondió con espíritu austero y juarista: “Yo ni robo a la nación ni hago favores a nadie como ministro de la Guerra. En el presupuesto se han suprimido los Estados Mayores de las armas especiales y el cuerpo especial de Estado Mayor, porque son innecesarios en nuestra República”.

En La gloria y el ensueño que forjó una Patria, Paco Ignacio Taibo II, recuerda al general Zaragoza:Cae de nuevo enfermo el día 1° de septiembre; el 3, los médicos ofrecen un diagnóstico grave, tiene tifus. Agonizando, quiere hacer un regalo a los que lo acompañan, pero no tiene dinero; a falta de otra cosa entrega su espada al general Berriozábal. (…) Ignacio Zaragoza murió a los 33 años, el 8 de septiembre de 1862, cuatro meses después de su última batalla, en la misma ciudad que lo vio victorioso. Tres días después del deceso, el Presidente Benito Juárez firmó un decreto en el que se estableció que al topónimo de la ciudad poblana, se agregara el apellido del general patriota: Puebla de Zaragoza.

El 5 de mayo de 1976, Ignacio Zaragoza fue declarado Benemérito de la Patria en grado heroico.

MEMENTO

1 de mayo, Día Internacional de las y los Trabajadorxs

2 de mayo de 1812: José María Morelos rompe el Sitio de Cuautla, impuesto por los realistas al mando de Félix María Calleja.

3 de mayo, Día Mundial de la Libertad de Prensa

3 de mayo de1535: Hernán Cortés, en su expedición por los mares del sur, desembarca en la Bahía de la Cruz (hoy puerto de La Paz, Baja California Sur). 

4 de mayo de 1858: Benito Juárez establece el Gobierno Constitucional en Veracruz, durante la Guerra de Tres Años o de Reforma. 

4 de mayo de 1904: Nace Agustín Yáñez, destacado escritor del género de la novela de la Revolución mexicana, quien fue secretario de Educación Pública en los años 1964-1970. 

6 de mayo de 1811: En Chihuahua el comandante realista, general Nemesio Salcedo, nombra la comisión o junta militar que habrá de juzgar a Miguel Hidalgo y demás jefes insurgentes. 

7 de mayo de 1780: Nace Ignacio Aldama, abogado que se unió a la lucha insurgente encabezada por Miguel Hidalgo. 

“Nuestros enemigos son los primeros soldados del mundo; pero vosotros sois los primeros hijos de México”.

General Ignacio Zaragoza

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