Antía Alfonso
A primera vista, Yessica no es más que una clásica adolescente rebelde, de aquellas que se han retratado una y otra vez en las películas desde que el cine existe. Rompe las reglas maquillándose de negro los ojos e intentando pelear con cualquiera que intente retarla. Siguiendo el cliché de las chicas rudas, vive en una familia en la que el abandono y la violencia son las únicas cosas estables. Del otro lado del espectro está Miriam, su compañera de escuela, una joven más bien tímida cuya madre trabajadora se ausenta la mayor parte del tiempo, pero cuando está presente le brinda atención y cariño. A pesar de lo contrastantes que son sus personalidades y sus vidas, ambas construyen una amistad sumamente estrecha basada en la complicidad, la cual comienza a desmoronarse después de que Yessica sufre una violación que la hace colapsar emocional y psicológicamente.
"Perfume de violetas" (2001) narra una historia que en manos equivocadas pudo haberse convertido en un drama superficial, de esos que buscan generar más condescendencia que comprensión, mostrando de forma diluida la crudeza de la realidad. Sin embargo, la directora Maryse Sistach decidió no seguir ese camino. En cambio, ofrece una película que no minimiza los problemas de las protagonistas a pesar de su juventud, que muestra el horror del abuso sexual y retrata sin miramientos la impunidad obtenida por agresores protegidos por la obtusa moralidad mexicana.
La cotidianidad se refleja en cada aspecto de la película: la fotografía ambiciosa, los paisajes únicos y los personajes de clase alta se sustituyen por una cinematografía que se limita a mostrar de manera sencilla y directa el barrio donde se desarrolla la acción, como si el espectador fuera otro habitante, uno de los muchos testigos que no hace nada para evitar la tragedia. Cuando llega la empatía es demasiado tarde; Yessica ha terminado de caer en ese agujero cavado por la violación, pero también por la intolerancia y la incompetencia de aquellos que tenían la obligación de cuidarla. Antes de que la pantalla se vuelva negra, queda claro que la culpa no es de las niñas, del maquillaje de ojos ni de ningún perfume.
