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La mojarra frita     

mojarra
Foto(s): Cortesía
Aleyda Ríos

Javier Sarmiento Jarquín

Crispín camina con pasos lentos y las manos en los bolsillos por esas calles terregosas de su colonia, una de las muchas que existen en los alrededores de la ciudad. Pensativo, lleva la mirada gacha, como queriendo retrasar la llegada a su humilde vivienda. Ya es media mañana.

Su casa esta hecha de ladrillos blancos, techo de láminas galvanizadas y piso rústico de cemento. Solo son tres cuartos y la cocina. Llegó a vivir con su familia cuando apenas se estaba formando la colonia, a la cual le pusieron el nombre de un exgobernador con la esperanza que los apoyara con el alumbrado público y el agua entubada, tan necesaria.

Crispín se detiene en el corredor meditando cómo le va a decir a su mujer que se quedó sin trabajo, que la empresa donde laboraba, que se dedicaba a la fabricación de persianas, cerró por la pandemia. No sabe cuándo la abrirán de nuevo, de modo que ya no irá a colocar cortineros, cortinas ni persianas, que era su trabajo.

Por ser eventual, Crispín no contaba con ninguna prestación y tampoco lo indemnizaron. Su esposa lo ve. Se asombra que llegue tan temprano. Él tuvo que decirle la situación. Ella, con voz temblorosa, le dice que también se quedó sin chamba. Ya no la necesitan en las casas para hacer la limpieza.

Los dos se hacen la misma pregunta: ¿cómo le van a hacer para pagar la computadora que sacaron en abonos para que su hijo Jerónimo reciba sus clases virtuales de la secundaria?

—Cata, Jerónimo. Vengan para acá— dice Crispín. —Es domingo. Vamos a dar la vuelta, aunque solo sea en las calles de la colonia. ¿Qué les parece? Saldremos a caminar para no estar encerrados. Pónganse sus suéteres y sus cubrebocas. Está fresco el día, sirve para distraernos y hacer ejercicio, pues ¡qué chingaos! Al mal tiempo buena cara, como decía mi mamá, que Dios la tenga en su Santa Gloria.

Las calles están solitarias, hay muy pocas personas. La gente no sale de sus casas por miedo a contagiarse con el mentado virus que ha matado mucha gente en el mundo.

Al pasar por la calle principal, ven el puesto de mariscos de Don Chente. La cartulina fluorescente anuncia la orden de mojarra frita en 50 pesos, con sus verduras, mayonesa, salsa al gusto y un vaso con agua de limón. Crispín busca en la bolsa de la chamarra, y piensa: “Tengo cien pesos. Sé que a mi esposa y a mi hijo les encantan las mojarras”.

—Catita, mira. Hay mojarras. ¿Te gustaría comer una? Puedo comprar dos, una para Jerónimo y, de la otra, la mitad para cada uno de nosotros.

De esta forma, le piden dos mojarras a Don Chente y las reparten como Crispín había dispuesto. Después de darle a su hijo la suya, toma la otra, le quita dos bocados y se la pasa a Catalina que con mucho gusto y saboreándola, deja solo los huesitos.

Al terminar de disfrutar las mojarras fritas, regresaron a la casa satisfechos, pensando… “Mañana será otro día, ya Dios dirá. Lo bailado nadie nos lo quita”.

“Crispín se detiene en el corredor, meditando cómo le va a decir a su mujer que se quedó sin trabajo”.

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