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El frío como personaje, la helada como hecho inesperado. Karla Zárate escribió una inquietante y perturbadora novela en “El invierno llegó sin avisar”

Foto(s): Carina Pérez García
Carina Pérez García

Una nevada en México, el frío como personaje y la nieve como un espejo propio de los personajes envuelve a un hecho tan perturbador como un asesinato, de una mujer a otra.  Durante un invierno insólito en la Ciudad de México, Eugenia Cuevas -una escritora obcecada por el hambre de triunfo- asesina y desmiembra a su amiga y rival literaria, convencida de que ella le ha robado no sólo su novela, sino su voz y un futuro exitoso.

Esta es la premisa de “El invierno llegó sin avisar”, la nueva novela que entrega la novelista y psicoanalista mexicana Karla Zárate. Así, mientras la nieve cubre la ciudad y lo vuelve todo más nítido e irreal, Eugenia narra, con una belleza perturbadora, cómo le arranca a su víctima los ojos, la nariz, la lengua, las orejas, los dedos… Cada parte sustraída simboliza una facultad creativa, un talento, una forma de habitar el mundo que ella anhela poseer.

A través de esta confesión, “El invierno llegó sin avisar” entrelaza el presente de ese acto brutal con la historia de Eugenia: su infancia literaria, su relación conflictiva con el cuerpo, su formación en la escritura y el legado de su bisabuela: una escritora olvidada cuyo recuerdo resuena en las páginas de un diario. En entrevista exclusiva, Karla Zárate comparte cómo escribió esta novela. 

¿Cómo fue la génesis de esta novela?

“Mis dos novelas anteriores también son thrillers psicológicos, que aunque no me gusta encasillar, ahí se han acomodado. Siempre me han fascinado los fenómenos catastróficos naturales que ocurren aquí en la Tierra, algo a lo que recurro mucho sona a los tsunamis, por ejemplo, me causan esta especie de atracción, terror y bueno, en este caso uso al invierno como una metáfora de emociones”. 

El frío me hace llorar

“A mí el invierno en particular me representa quietud, soledad, repliegue, quizás es un momento trillado en el que estamos en casa, -bueno, o en mi caso particular-, tengo esta frase de que a mí el frío me hace llorar. Soy muy mala para el frío, entonces es un momento de introspección”. 

¿El clima acompaña a los personajes?

“Sí, como una presencia que no se puede evitar, casi que lo presento en una en primera instancia como un personaje más. En la novela es una especie de reflejo en el que los personajes ahí aparecen con sus procesos internos y bueno, este invierno inesperado que ocurre en la Ciudad de México, más bien una nevada  inesperada, me remite a ese hecho insólito que sí ocurrió en México en los años 60.  Por eso así inicia la novela. 

El clima como un detonante de hechos que cambian la vida

“Sí, esta nevada y este clima gélido tienen que ver con los momentos en los que la vida nos cambia sin avisar. Creo que todo nace de una sensación muy de mirar al frío que uno siente, -y no hablo del frío exterior, porque ese bueno, pues se se remedia con cobijas y chamarras, con calentadores-, sino algo mucho más profundo, algo que que sí roza la piel de forma externa, pero yo una verdad que así, como los copos de nieve que caen muy suavecitos y apenas se sienten, termina por atravesarnos”.

“Quise también escribir desde esta frontera de lo cotidiano, que son: la lluvia y la nieve. Y cómo esto puede convertirse en una amenaza; porque ahí está la acción del personaje y justamente a veces lo que no esperamos es lo que revela a quiénes somos realmente. La nieve es más un espejo propio de los personajes. Entonces, sí, el invierno, la nevada simboliza aquello que nos cae sin aviso. Que nos llega de pronto sin avisar”. 

¿Qué tanto pensaste en hablar de la contradicción, de la dualidad humana?

“Exactamente. Me gusta que menciones la palabra contradicción porque Eugenia, Sara y  Maya son personajes bien vulnerables, bien contradictorios y muy humanos, como tú, como yo, como todos. Parten de la observación, me interesa sus gestos, por ejemplo, algunos muy pequeños: cómo miran, eh cómo les llega la inspiración, cómo reaccionan ante una noticia o ante el clima. Y Eugenia en este caso es muy ambivalente”.

“Creo que ella va cargando sobre sí misma un invierno muy particular, uno que justamente no necesita de la nieve para congelarla, para helarla… Desde niña creo que ella va entendiendo que su cuerpo sabe cosas que no le conviene saber… lo podemos saber por la forma en la que se tensa, la forma en la que le arde el pecho cuando quiere decir algo, la forma en la que observa, se siente excluida, esas punzadas que ocurren también en la adolescencia y ella abre paso a todo esto que tiene que ver con el cuerpo. Nadie nos enseña a leer estas señales, entonces muchas veces las ocultamos”.

El cuerpo como síntoma…

“Sí, en mi escritura el cuerpo aparece como un territorio donde se condensan todos estos restos de lo que no podemos pensar. El cuerpo como síntoma. Y bueno, el cuerpo es lo que descompone la historia. Cómo se va viviendo este personaje imagen. cómo se va fracturando, por ejemplo. Y bueno, también me interesaba mostrar la historia familiar de Eugenia”.

Y como memoria familiar 

“Cómo todos llevamos cargando historias que no son nuestras. Heredamos miedos, hábitos que vamos aprendiendo, que ni siquiera, de verdad, es que no nos reparamos en ellos, si acaso nos analizamos podemos salir al cuento ¿verdad? Todos los silencios se van repitiendo”. 

“Y bueno, no quería presentar su historia familiar como algo pesado, sino como algo natural y muy cotidiano que nos ocurre a todos. Creo que todos podemos irnos reconociendo a través de los personajes de cualquier novela”. 

La carga transgeneracional

“El momento en el que entendemos estas cargas transgeneracionales que no empiezan con nosotros, sino como un recordatorio de la memoria del dolor o del sufrimiento, más que el dolor. O sea, cómo decide cada quien eh manifestar o vivir el dolor. Y un poco también esta sugerencia del vehículo, más bien el cuerpo como vehículo de encarnar aquello que puede ser locura, puede ser lucidez, puede ser dolor, puede ser sufrimiento”.

¿Y cómo abordas la locura?

“Sí, regreso a lo que te decía anteriormente, que es la historia de cada uno, la historia familiar, la que se nos va colando en el cuerpo. Se inscribe ahí y bueno, me pasa en el consultorio todos los días cuando recibo pacientes nuevos, incluso los que ya llevan tiempo. Les digo: cuéntame tu historia. Vamos a historizarnos, porque si no, es que no se puede hacer una reflexión, sin un análisis no podemos dar cuenta de las repeticiones”.

¿El cuerpo es el eje?

El cuerpo es el eje  para todo. Y bueno, creo que yo en la novela juego con este límite entre lo erótico, lo abyecto, lo porosa que puede llegar a ser la piel. La piel funciona como límite de frontera. Esto lo trato de manera más explícita en Rimel, mi primera novela. Y bueno ¿cómo habitamos este territorio a veces inexplorado que es el cuerpo? Y es lo que Eugenia va descubriendo a través de la escritura.

“¿Ella se pregunta por qué escribo? ¿Para qué? Incluso habla mucho de la frustración que se puede sentir en lo que queremos hacer y lo que no podemos hacer. Y este erotismo creo que le toca a mi personaje, le toca la carne, le toca el hecho de que podemos sentir o no”.

“Qué obsesión la suya de algo muy tierno, que es la mirada. Que ella es lo que quiere y bueno, lo hace de la forma en la que puede y la que sabe que es escribir. Ella quiere ser mirada, lo pone, por supuesto, en esta cosa de la fama y el reconocimiento, pero al final ahí debajo de todo eso hay una profunda ternura, una mujer muy sola. 

En tu proceso de escritura ¿qué representa el poder plasmarlo. Es decir, la escritora detrás de esa escritora.

Pues mira, aquí el papel de la bisabuela es muy importante, porque estamos hablando de otro siglo donde las mujeres sí escribían. Cuando dicen que no, para nada, tenemos los textos, estaban escondidos, estaban aquí.

En mi caso pienso que escribir y mis personajes también es una manera de exponerme, a mí misma, sin ninguna garantía. Yo a veces pienso que escribiendo vamos abriendo puertas que después no vamos a poder cerrar, pero no importa. Se trata de abrirlas e irnos descubriendo, porque ahí ocurre lo verdaderamente humano”. 

Yo soy todos mis paisajes 

“Y en cuanto a la frontera entre la ficción, la confesión, Sí ahí me gusta jugar. De hecho es es lo que hago todo el tiempo y yo ya me resigno a ello. En mis primeros escritos, mi primera novela yo decía, "No, los personajes no tienen nada que ver conmigo." O bueno, eso quería creer…Yo soy todos mis personajes y a veces lo que una cree real es mucho más revelador de lo que pueda decir o escribir”.

“A veces la ficción solo es una verdad que aún no sabemos aceptar y escribirla, así como ocurre en con mis pacientes, al hablarlo, al ponerle palabra, ahí ya algo cambia, algo se transforma”.

“Entonces trato de narrar, trato de escribir de lo difícil que es escribir. Sí. Y ¿de dónde saco las historias? Pues de lo que vemos y lo que conocemos que no necesariamente es lo real, entre comillas, es lo que nosotros recreamos. Es lo que nosotros fantaseamos”. 

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“A veces la ficción solo es una verdad que aún no sabemos aceptar.  Y escribiéndola o al hablarla, al ponerle palabra, ya algo cambia, algo se transforma”, Karla Zárate. 

Conócela

Karla Zárate estudió la licenciatura en Lengua y Literaturas Hispánicas en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, donde obtuvo la medalla Gabino Barreda por el promedio más alto de su generación. 

Posteriormente, realizó la maestría en literatura en la Universidad de California, Los Ángeles (UCLA), y el doctorado en Letras Modernas por la Universidad Iberoamericana. Asimismo, es psicoanalista en formación por la Sociedad Freudiana de la Ciudad de México.

 

Es autora de las novelas Rímel (2013; de próxima publicación en Booket) y Llegada la hora (2019), así como de la antología de relatos cortos (De) mi piel y otros cuentos (2023).

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