Juan Eduardo Lingow Rodríguez
Segunda de tres partes
En la transparencia de la obscuridad, a través de las pupilas, en un silencioso idioma que precede a la raza humana conversaron toda la noche, ninguno de los dos se atrevió a cerrar los ojos.
El presagio era inevitable, todos los astros se conjuntaron: el repiqueteo de la máquina de escribir de “El Gringo” –como apodaban los pacientes a Pablo-, la casi imperceptible melodía del radio de las enfermeras tocando aquel cadencioso vals que convocaba a los espíritus de tantos niños a visitar su última morada. Todos esos rostros disimulados entre los reflejos de las luces de la ciudad se agolpaban tras las ventanas saludando a un nuevo miembro del club, murmullos disfrazados entre el ruido del tráfico anunciaban el evento; todo coincidía, no había duda.
Recordó entonces la explicación del doctor De Anda a la tía de Marita, un día antes.
—Mire señora. ¿Qué quiere que haga? ¿Ve esta manchita negra? — Dijo el Dr. De Anda mostrándole una radiografía de tórax.
— ¿Eso es lo que tiene mal la niña?
—No señora, eso es lo único que le queda de pulmón.
—Pues hagan algo.
El doctor De Anda meneó la cabeza y le dio la espalda. Marita escuchó la conversación, ahora todo tenía sentido, por eso lloraba. Esto motivó que esa noche, los niños se congregaran de nuevo. Venían a saludarla.
Por la mañana, durante la entrega de guardia, un enjambre de doctores se detuvo junto a la cama de Marita. El Gringo comenzó a entregar el reporte médico:
—Marita cursó la noche sin cambios, con polipnea.
Fue interrumpido por la niña, quien levantando la cabeza encaró al externo:
—No me quiero morir.
El Dr. De Anda, seguido de su séquito, sin darle importancia, caminó a la siguiente cama.
Continuará el próximo lunes…
