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La Sociedad de las Poetas / De aforismos y caídas

Foto(s): Cortesía
Redacción

El camino que sube y el camino que baja, es uno solo y el mismo, dijo Heráclito, el oscuro. Leo nuevamente esta línea y ahora imagino una esfera suspendida en el interior de un tubo traslúcido, que vacila entre subir o caer. Imagino un camino vertical en el que estuviera en juego algo vital y fuera preciso cuidar cada movimiento para evitar un descenso mortífero. Tal vez aquel aforismo surgiera en la mente de su autor luego de contemplar a las aves en vuelo. En el cielo los caminos invisibles se confunden, no hay linderos definidos. ¿Cómo es un camino de aire? Son todos uno solo y el mismo. En mi caso, la imagen que despierta es más parecida al canal del parto, el camino por el que “bajamos” al mundo. ¿Es el camino el que baja o soy yo? Pienso que yo no bajé por el camino, no nací por medio de la dilatación de ese aro de fuego, más bien el cirujano rasgó las 7 capas del vientre de mi madre para hacerme ascender al primer respiro. Yo, más bien, subí, y no creo que eso guarde relación alguna con el ascenso celestial de las aves o de los ángeles, sino con el temor constante a la caída. 

Pienso a menudo en las veces en las que he caído, en diferentes sentidos y formas. Cuenta mi madre que yo caí de la cama a los 5 meses de nacida y ella sintió una enorme culpa. Mi hija, a los 10 meses, también cayó. ¿Cómo describir ese sufrimiento por el dolor ajeno, que se vuelve un dolor tan propio..? 

De adulta creí que las caídas en las trampas del amor eran las más fuertes. No es así, pero recuerdo mi primera ruptura: yo estaba apoyada en la orilla de la cama cuando él pronunció sus líneas finales por el teléfono. De pronto me sentí tambaleante, como una niña de un año dando sus primeros pasos, con los brazos extendidos intentando el equilibrio, sintiendo muy lejanas las manos de mis padres para sostenerme… tan solo unos ojos lejanos viendo que yo estaba a punto de caer. 

Caer… de un pasamanos, de unas escaleras, de una motocicleta. Caer frente a los otros. Caer en mentiras, redondito, caer en cuenta. Infinitas veces.

Pareciera que crecer equivale a evitar el suelo, olvidarse de las rodillas raspadas.

Últimamente caigo más veces de las que correspondería a una adulta; tropiezo en lo plano, ante mínimas rugosidades en el asfalto. La última vez fue tan escandaloso el golpe como la rabia por mi tropiezo. Con los pies apenas despegados del suelo caí con todo y mi hija en brazos, que dejó de tararear su cancioncita y rompió en llanto. Politraumatismo, diría mi madre.

Pensar en el golpe que clausura algo de forma repentina conduce a un estado de tristeza, pasa así con los pensamientos ingrávidos, con los golpes en general. Aunque Heráclito fuese “oscuro”, me agrada que exista entre sus metáforas una alusión al río. Porque los ríos parecen ser los caminos de la alegría, adentro del agua es difícil asestar un golpe…

Quizá estas ideas estén muy alejadas del sentido auténtico de aquel aforismo. Quizá simplemente he jugado muy seguido en esas máquinas para atrapar peluches, cuya garra metálica vacila entre subir o dejar caer. Pienso en Heráclito escribiendo una metáfora inspirada en la máquina para atrapar peluches, captando en una línea la inasible totalidad en que lo real parece tan cercano por la transparencia del cristal desde donde miramos. A veces pareciera que esa conquista está ya hecha, retenida en nuestras manos, pero en los juegos de azar y transparencias, el premio, ya lo sabemos, casi siempre se nos escapa. 

 

Andrea Carrasco. (Oaxaca de Juárez, 1993). Egresada de la Licenciatura en Humanidades (área de Literatura), de la UABJO. Actualmente vive en Tuxtla Gutiérrez, Chiapas. 

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