Fanny Mijangos Cortázar
Última de dos partes
Vuelo en círculos una y otra vez hasta que una gaviota necia distrae mis pensamientos. No entiende por qué vuelo así; ella dice que debe ser en línea recta. La pobre no sabe que cada ave tiene su propia forma de vuelo. Pasa una y otra vez delante de mí. Quiere comprobar que es más veloz que yo. No me importa competir con ella ni con nadie. Soy un ave que recorre la vida siguiendo su ruta, con su propia brújula, con un peculiar reloj de vuelo. La ignoro.
Es tarde y la brisa del mar humedece mis plumas, me poso un momento en la playa. Camino y el brillo de la arena me hipnotiza. Siento que es una enorme alfombra de oro. No puedo dejar de verla, podría estar horas en este lugar sin moverme.
Los pelícanos se acercan, tal vez quieren socializar. Es hora de irme. Mis enormes alas al alzar el vuelo mueven las hojas de todas las palmeras. Voy dejando tras de mí una suave lluvia de polvo de estrellas.
Cerca de aquí está el río. También me gusta, aunque no tanto como el mar. Llegué. Me acerco para beber un poco de agua, la jornada ha sido larga. Cuando estoy frente a él, veo sobre el agua la imagen de un niño de ojos grandes y cabello largo. ¿Quién será? No lo sé, pero me alegra ser un ave.
Regreso. Las copas de los árboles son ahora la cuna de pequeños pájaros. Las flores duermen de nuevo y ahí está la misma ventana. Siempre está abierta para mí. Entro a la habitación en donde duermo. Escucho la voz de mi madre: "¡Luis, Luis! Aquí estás mi pequeño niño. Tal vez algún día me respondas".
Ella todavía no entiende que no soy un niño. Tampoco entiende que la amo, pero las aves de alas doradas no besamos ni abrazamos. Acariciamos el alma.
A los niños con Autismo y a sus padres.
Continuará el próximo lunes…
