Rafael Alfonso
Ingrata tarea dejó Manuel Acuña (1849-1873) a quienes intentamos celebrar su cumpleaños este 27 de agosto, pues para rescatar algo de su vida hay que abrirse paso entre los restos de la eterna necrológica de su suicidio. Entonces, se impone por fuerza comenzar de atrás para adelante.
Bastante paradójico resulta que el Premio Internacional Manuel Acuña de Poesía en Lengua Española, sea considerado el más alto estímulo económico del género en habla hispana al otorgar al ganador un aproximado de 100 mil dólares y la publicación de la obra en coedición con la Secretaría de Cultura del gobierno federal y la Secretaría de Cultura del estado de Coahuila, cuando todo apunta a que las penurias económicas del poeta fueron una de las principales causas de su suicidio.
La otra, por supuesto, lo propenso que era éste a sufrir cuadros severos de depresión, lo cual atestiguaron muchos de sus compañeros de la Escuela de Medicina y contertulios.
La mitología nos dice que Manuel Acuña, enamorado de Rosario de la Peña, escribe para ella su "Nocturno" y acto seguido se sirve una taza de cianuro de potasio para poner fin al dolor de un amor no correspondido; sin embargo, esta estampa corresponde más a un tema publicitario que a la secuencia de hechos consumados.
Por supuesto, ¿quién no ha fantaseado con ser aquel poeta que sufre por amor y legar una carta de despedida tan sonora y dramática que pudiera mover a las lágrimas a las generaciones que no tuvieron el gusto de conocernos?
Manuel Acuña, desde su trágica partida se encuentra en el centro de esta fantasía, o al menos lo estuvo durante mucho tiempo, pues su historia de amor no correspondido y malogrado en plena flor de la juventud, le convirtió en el prototipo del amor romántico.
Sin embargo, los versos del "Nocturno", eran ya bastante populares meses antes de la muerte del poeta. En cuanto al presunto romance con la joven de la Peña, fue desmentido por ella misma en diversas ocasiones, pues siendo anfitriona de una célebre tertulia literaria, no era extraño que los poetas asistentes le dedicaran algunos versos a manera de cortesía, es decir, que no había que tomarse demasiado en serio dichas dedicatorias.
Tristezas aparte, Juan de Dios Peza, poeta y amigo personal del joven Acuña, refiere que era muy querido por su don de gentes, por la devoción que profesaba a su madre y por su disposición a ayudar a los demás. Tampoco faltaban en el joven algunos rasgos de un humor peculiar.
Aunque cierto es que hoy en día su poesía no goza de la mejor reputación, encajaba perfectamente en el molde del romanticismo tardío, y no viene pronto a la memoria un paisano coahuilense que como poeta le haga sombra en fama y trascendencia. No por nada, Acuña le da nombre a toda una ciudad.
