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El impensable destino de las cartas

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Foto(s): Cortesía
Redacción

Mónica Ortiz Sampablo

¿Por qué guardar las cartas que recibimos? Hasta que se convierten en papeles amarillentos, con caracteres apenas legibles; quizá porque como dicen nuestras abuelitas, “son nuestros recuerdos”; con ellas preservamos nuestra memoria. Lo cierto es que hoy por hoy, cada vez somos menos los que tenemos entre nuestros tesoros esos viejos baúles que tal vez nuestros nietos descubran, porque nuestros hijos han perdido la curiosidad, inmersos en el vertiginoso mundo de las redes sociales, o para no ser tan jueces digamos que han sido muy respetuosos con esos lugares sagrados que tenemos en el hogar.

Quiero aclarar que la tecnología me parece estupenda; los avances en esta rama del conocimiento nos permiten el acceso a mucha información y es precisamente por este medio (que antes fue una enciclopedia en un librero) que he podido rescatar el material para realizar las notas de las siguientes entregas. Leer cartas ajenas desde luego es una falta de respeto, eso nos enseñaron nuestros padres cuando éramos pequeños, es equivalente a estar escuchando conversaciones atrás de la puerta; en pocas palabras, es andar de chismosos.

Sin embargo, en las memorias y biografías de un sinnúmero de personajes que han dejado su impronta en la historia, constatamos información obtenida de sus cartas, nos enteramos de con quién se carteaban, y qué se decían. Los especialistas en materia van más a fondo al analizar el tono de su discurso y hacen hallazgos entre líneas. Lo encantador en este tema, es que cuando nos interesa la vida y obra de algún personaje, todo descubrimiento se vuelve esa pieza del rompecabezas que nos complace terminar.

Conocer desde el puño y letra, por ejemplo, a nuestros escritores favoritos, es un regalo inesperado. Es importante mencionar que algunos vivieron para autorizar la publicación de sus correspondencias, como Amparo Dávila de quien sabemos conoció a Julio Cortázar por medio de una misiva; pues bien, otros más probablemente se levantarían de su tumba, para reprender a quien tuvo la osadía de permitir que el mundo entero leyera aquello que con tanto celo fue guardado; por ejemplo, la correspondencia entre Doris Dana y Gabriela Mistral, de la cual incluso se publicó un libro.

Mis notas siguientes serán un homenaje a estas y otras cartas que también han dejado huella en quienes nos atrevemos a leerlas.

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