LECTURAS PARA LA VIDA
Fausta Ibáñez Ríos
A los pocos días de que el pequeño Sebastián nació, Sofía comenzó a hacerse cargo de él; se mostraba atenta con su madre, se sentía agradecida porque le permitía abrazarlo y cuidarlo; lo que no le gustaba era que su mamá la pusiera a lavar los pañales y menos que era la encargada de extraerles el popó; cuando su papá se dio cuenta que vomitaba, la castigó no sin antes decirle que se le tenía que quitar lo delicadita porque si seguía así, quién sabe cómo le iba a ir con el marido cuando se casara.
Algo que disfrutaba mucho Sofía era tomar a su hermanito en brazos, arrullarlo y susurrarle sus planes, sus sueños, sus miedos; le decía que había llegado a salvarle la vida, que cuando él estuviera en edad de ir a la escuela les dijera a sus papás que no iría, a menos que le dejaran ir con ella y si no se convencían, que le prestara su ropa para disfrazarse de él; si no le quedaba su ropa, quizás podría ayudarle a conseguir la de algún amiguito. Solo había que esperar; ella intuía que él la entendía, pues el pequeño le respondía con sonidos guturales y le sonreía.
Si no lograba nada de lo que quería, existía una última oportunidad para Sofía; esperaría que Sebastián creciera y después de sus primeras clases, él se convertiría en su maestro.
Al crecer Sebastián y ver el gran anhelo de su hermana, de ingresar a la escuela, intentó convencer a sus padres de que Sofía tenía más derecho que él de ir a la escuela, pues notaba en ella un anhelo que él no tenía. Al no lograr convencerlos, pues ellos tenían la seguridad de que nada bueno podría encontrar Sofía en ese lugar, se convirtió en su mentor; en un inicio, era él quién le enseñó sus primeras letras; a través de él, Sofía comenzó la aventura de conocer el mundo de las letras por su cuenta, a escondidas de sus padres y con la angustia ante la posibilidad de ser descubierta y castigada.
Esta es una de las muchas historias que vivieron las mujeres cuando el mundo de las letras estuvo vedado para nosotras las mujeres.
