La captura de Érika María Guadalupe Herrera en Caracas no cerró el caso por el feminicidio de Carolina Flores. Lo reabrió. Y lo hizo con una escena cargada de tensión: negación, resistencia y una frase que marcó el tono de su primera reacción.
Según los reportes iniciales, la mujer rechazó cualquier vínculo con el crimen y alegó que las autoridades no tenían facultades para actuar fuera de México. No solo negó: también se resistió. La intervención de los agentes fue necesaria para someterla.
El episodio ocurrió en Venezuela, donde su localización fue resultado de días de rastreo internacional. Pero su detención no se dio, en un inicio, por el feminicidio. Fue retenida por desacato, una figura legal que permitió a las autoridades ganar tiempo mientras se activaban los mecanismos internacionales y se emitía la ficha roja de Interpol solicitada por México.
Con la alerta confirmada, el caso tomó forma jurídica. Herrera pasó de detenida provisional a señalada formalmente como principal sospechosa del asesinato ocurrido el pasado 15 de abril en Polanco, una de las zonas más exclusivas de la capital. Ahí, Carolina Flores, de 27 años, fue hallada sin vida tras recibir múltiples disparos.
Desde el inicio, la investigación apuntó a un entorno cercano. Tras el ataque, la presunta responsable habría abandonado el lugar en un taxi y salido del país en cuestión de horas. Panamá fue la primera escala; Venezuela, el destino final. Un movimiento rápido que complicó su rastreo, pero no lo detuvo.
Durante días, se mantuvo fuera del radar. Rentó un departamento, evitó exposición y permaneció en silencio.
