- Rumbo al día del amor
Por Rafael Alfonso
Si aceptamos que amar es buscarse a sí mismo en el otro, debemos aceptar también que el conflicto es inevitable. Elhecho de que el otro sea, efectivamente, un ser distinto, con sus propios deseos, siempre terminará por chocar con la demanda narcisista del amante. La supuesta "armonía" suele ser el resultado de una sumisión negociada, más que de una comunión mística de almas.
El amor, despojado de sus vestiduras románticas y de la lírica idealista que lo ha rodeado durante siglos, se revela en última instancia, como una sofisticada forma de narcisismo. Bajo la apariencia de la entrega absoluta, subyace el amor a unomismo. El sujeto no ama al otro sino en la medida en que lo considera una extensión o un complemento de su propia identidad. La pareja funciona como un espejo que devuelve una imagen gratificante del Yo, permitiendo con ello la satisfacción de diversas demandas.
Una pareja moderna
Germán tiene cada cierto tiempo algunas consideraciones con Laura que podrían interpretarse como “detalles románticos”: pasar por ella, acompañarla, prepararle su postre favorito o brindarle algún obsequio por su aniversario o por el Día del Amor. Lo anterior no exime a la pareja de tener diferencias que pueden escalar hasta verdaderos pleitos. Muchas veces Laura acusa a Germán de ser egoísta, en particular ella le reprocha lo desordenado que es y el hecho de no aportar económicamente al hogar en la misma medida que ella lo hace.
Podemos afirmar, sin temor a equivocarnos, que no existe el amor sin la previa experimentación del placer. Nuestra memoria se ancla en la satisfacción, y el amor intenta perpetuar ese bienestar. En esencia, el amor es egoísta; busca la realización propia y la estabilidad de la economía psíquica personal, incluso a veces cuando esto implica el malestar del otro. El "sacrificio" que se hacer por el ser amado es, muchas veces, una transacción en la que el Yo cede algo de terreno para asegurar la posesión de la fuente de su gratificación.
Un sacrificio que estoy dispuesto a aceptar
No es extraño observar dinámicas donde un miembro de la pareja (frecuentemente el varón) demanda un cambio radical en el estilo de vida del otro. Bajo la promesa de una vida familiar idílica, se encubre una exigencia de posesión.
El Yo está siempre dispuesto a aceptar el sacrificio del otro si esto garantiza la integridad de su propia imagen ideal. En este escenario, la pareja deja de ser un sujeto con deseos propios para convertirse en una pieza funcional dentro del engranaje del narcisismo ajeno.
Puesto que el amor tiene un origen eminentemente egoísta y narcisista, resulta falaz sostener la idea de que es sinónimo de armonía, lealtad o generosidad intrínseca. Estas son cualidades que el idealismo contemporáneo ha adjudicado al fenómeno amoroso para hacerlo comercial (digerible y funcional para la cohesión social). Sin embargo, la observación clínica y la realidad cotidiana demuestran que estas virtudes rara vez se presentan de forma consistente en la vida amorosa de las personas.
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