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Domingo, día del Señor. “Ustedes son la sal de la tierra... y la luz del mundo”

Una imagen conceptual que ilustra la metáfora bíblica de ser la sal de la tierra y la luz del mundo para la humanidad.
Foto(s): Cortesía
Redacción

Por P. Gregorio Gil Cruz Glz.

Evangelio: Mt. 5,13-16

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “Ustedes son la sal de la tierra. Si la sal se vuelve insípida, ¿con qué se le devolverá el sabor? Ya no sirve para nada y se tira a la calle para que la pise la gente. 

Ustedes son la luz del mundo. No se puede construir la ciudad en lo alto de un monte; y cuando se enciende una vela, no se esconde debajo de una olla, sino que se pone sobre un candelero para que alumbre a todos los de la casa. 

Que de igual manera brille la luz de ustedes ante los hombres, para que viendo las buenas obras que ustedes hacen, den gloria a su padre, que está en los cielos”. Palabra del Señor.

En este domingo el Señor nos invita a reflexionar sobre la importancia del buen testimonio de vida cristiana, del buen ejemplo que debemos dar. 

Hoy Jesús nos recuerda la misión que cada uno de nosotros tiene. “Ustedes son la sal de la tierra… Ustedes son la luz del mundo”. Cada uno de nosotros estamos llamados a ser sal de la tierra y luz para el mundo, como lo fue nuestro Señor para la humanidad. Todo cristiano debe dar sabor con su vida, debe iluminar, debe brillar, debe destacarse por sus buenas obras. Así nos lo dice el salmo 111: “El justo brillará como una luz en las tinieblas”.

Nuestra entrega, muchas veces, silenciosa y desinteresada en nuestros quehaceres diarios ayuda a iluminar la vida de los demás y a darles un sentido a sus vidas. Así como una vela se va consumiendo para iluminar, así debe ser nuestro diario vivir. Como papá y mamá que se cansan y se desgastan diariamente en bien de sus hijos.

Cada cristiano, redoble esta convicción interior: de dar testimonio de los valores del Reino. En mi familia, en mi trabajo, en la construcción de una sociedad más justa, yo debo ser fermento de vida cristiana, debo iluminar con mi buen ejemplo para contrarrestar las fuerzas del pecado. Cada acto de amor y caridad que yo haga revelará el rostro de Dios. 

Pidámosle al Señor nos conceda la gracia y su sabiduría para poder ser sal y luz que disipe las tinieblas de la maldad; que con nuestras actitudes y comportamientos podamos cumplir con esta exigencia evangélica. El cristiano por el hecho de ser bautizado tiene una mayor responsabilidad de dar un mejor testimonio: “Que de igual manera brille la luz de ustedes ante los hombres, para que viendo las buenas obras que ustedes hacen, den gloria a su padre, que está en los cielos”.  Demos testimonio del amor, de la verdad, de la justicia, de la honradez, de la honestidad, del servicio, de la responsabilidad; y así irradiaremos luz por nuestro buen ejemplo y seremos sal que de sabor. 

Hemos sido creados a imagen y semejanza de Dios. Y en eso consiste la grandeza y dignidad del hombre. Diríamos que es nuestra esencia, la de ser hijos de Dios. Hay mucho de bueno en nosotros, pongámoslo al servicio de nuestros hermanos. Así podremos ser sal que da sabor y luz que ilumina. No dejemos que nada le quite el sabor a nuestras vidas, ni nada impida que podamos iluminar con todo el potencial que Dios nos ha dado. Nos ha creado a su imagen y semejanza para ser grandes y dar mucho en bien de la humanidad. Si cada uno de nosotros se esfuerza en dar el máximo de todo lo que Dios nos ha dado, tendremos otra humanidad. Estamos hechos para ser una gran humanidad. Para ser una Iglesia, Sacramento de salvación. Dios los bendiga amigos. Feliz domingo.

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