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De la moral a la inteligencia emocional

niño-mujeres
Foto(s): Cortesía
Redacción

Alejandro José Ortiz Sampablo

Hace varias semanas que nuestros hijos retornaron a la escuela de manera presencial. El encuentro de niños y jóvenes en el aula ha permitido que se manifieste nuevamente la dinámica de la vida interna (psíquica) en la relación entre compañeros. El cambio, después de dos años de tomar las clases en casa, no ha sido sencillo para algunos padres e hijos.

La sanción y la inteligencia emocional

Muchas veces, antes de intentar comprender las expresiones del alma, en conducta o estados afectivos, algunos padres y profesores las sancionan. Esto es comprensible pues aún no contamos con una cultura que le de su justo valor a dicha vida interna. Más comprensible cuando existe un sinnúmero de profesionales psi que tratan a las emociones como algo que hay que educar, es decir psi moralistas antes que investigadores.

De un tiempo a la fecha, muchos profesionales comenzaron a hablar de inteligencia emocional, pero esto se debe a la ignorancia, pues desconocen la manera en que opera la vida psíquica, a pesar de que hace más de cien años, Sigmund Freud forjó la teoría de las leyes a las que obedece.

Explicar un fenómeno psíquico que se expresa en los salones de clase, no es cosa que se pueda tratar de manera general, es decir, una expresión afectiva o de conducta de un alumno no se puede explicar con la de otro, por muy parecida que sea. Por otro lado, un acontecimiento de tal índole reúne muchos elementos, difíciles de observar a simple vista.

"Te hago cosquillas"

Hace un par de días me anoticié de un evento de esta clase; se trata de un acto que llevó a cabo un pequeño no mayor de los 6 años, de carácter alegre y extrovertido. Al finalizar una reunión escolar, la profesora se dirigió a la madre con las siguientes palabras: “Espérese un momento, tengo que hablar con usted, porque su hijo le pegó a un compañero”.

Podrá imaginar, amable lector, la respuesta emocional de la madre. Ella se acercó con la calma que pudo obtener para recibir pormenores del asunto. El pequeño no había “golpeado”, sino empujado a su compañero. La primera acción que realizó la mamá fue agacharse y preguntar a su hijo el motivo de la acción, a lo que él respondió: “me estaba haciendo cosquillas, y no me gusta que me hagan cosquillas”. La historia, podríamos decir, tuvo un final feliz, lo que se debió a la sensatez y cariño de la madre por su hijo.

Lo único que sabemos es que el niño empujó porque hubo otro que le hizo cosquillas, acto igual de violento, aun cuando nazca de la ingenuidad, ya que atenta, en primer lugar, contra aquello que muchos llaman su “espacio vital” y, por supuesto, contra su cuerpo. Pretender que el pequeño muestre inteligencia emocional ante tal situación, puede rayar en lo absurdo.

Desconocemos por qué al otro pequeño le dio por hacer cosquillas a su compañero, pero este y otro tipo de juegos que implican el contacto físico, obedeciendo a la inquietud permanente sobre el cuerpo de los otros, son comunes a esa edad. Llama la atención que la profesora no cuestione de la misma forma ambas acciones.

Sancionar antes que enfrentar la complejidad de situaciones como esta, es algo que la entidad psíquica llamada Yo, realiza de manera automática, ya que emitir un juicio desde los valores morales o la propia cosmovisión del mundo, es lo primero que se le impone al individuo.

¿Quieres saber más?  Escúchanos este viernes en punto de las doce del día por: https://www.facebook.com/RadioUnivas. Pide informes a los teléfonos 951 244 7006/951 285 3921 y ¡Hazte escuchar por un psicoanalista del INEIP A.C.!

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