Rafael Alfonso
En pasados días, gracias a que mi amada esposa, Rosario Sampablo, participa en la puesta en escena de Persona, montaje de El Ghetto —una de las compañías teatrales más importantes del país—, tuve la oportunidad de convivir, en una reunión social que se llevó a cabo con motivo del estreno, con algunos docentes de escuelas de arte a nivel profesional en la Ciudad de México.
La deliciosa velada incluyó una rica cena, baile y la agradable compañía de reconocidos actores, pero una de las partes más interesantes de la noche fue la charla que tuve con algunos profesores de escuelas profesionales de arte teatral. He de hacer notar aquí que hablamos de algunas de las escuelas más prestigiosas del país.
Estos maestros, que podríamos decir son un referente, han podido advertir, gracias a sus muchos años de trayectoria en la docencia, un detrimento en la capacidad académica de su alumnado.
Una de las cosas que más llamaba su atención era la falta de compromiso de muchos de los alumnos de Teatro con su propia formación. Referían que, en aquellos tiempos, cuando eran jóvenes —más jóvenes de lo que ahora son—, había toda una exigencia por formarse, es decir, recuerdan que, como alumnos, debían estar a la búsqueda incesante de materiales culturales, léase libros de arte, películas y obras de teatro, de manera que en la escuela se articulaba de forma organizada toda esa información que ellos buscaban por su propia iniciativa.
Con nostalgia recuerdan la emoción de rascar en bibliotecas y cineclubes buscando títulos inconseguibles, además de tener la exigencia escolar de ver muchas funciones de teatro, todo esto con el fin de tomar contacto con lo mejor del Arte. Lo alarmante, hoy en día, nos refería una profesora en producción teatral, era la falta de referentes de sus alumnos que conocen apenas algo, o nada, de los grandes maestros del Arte universal.
También contaron muchas de las actitudes de los alumnos entregados por entero al malentendido de que el arte es placer y que éste se agota en sí mismo. Cuentan cómo los jóvenes no quieren tomarse la molestia de leer, de buscar, de investigar. Incluso teniendo toda la información a unos pocos clics de distancia, acusan una pereza inaudita para el supuesto nivel de esas escuelas. Caso concreto: se les pide ver una película, una obra maestra del cine para hacer análisis de esta en la clase y muchos de ellos llegan a la misma sin haber visto la tarea en cuestión con el peregrino pretexto de que dicha película no se encuentra en Netflix.
Otro asunto grave es que muchos alumnos están haciendo un uso irreflexivo y burdo de la llamada inteligencia artificial —que ya lo veremos en otra ocasión, no es tal sino apenas una matriz de datos—. Pues bien, muchos de sus alumnos, recordemos que hablamos de escuelas de élite del país, presentan tareas y trabajos completamente elaborados por la inteligencia artificial lo cual los vuelve incapaces de articular una interpretación propia del discurso artístico, cosa imprescindible en una escuela de Arte, un recurso del que la llamada inteligencia artificial carece, como también lo son el análisis, la comparación, el discernir las poéticas de los autores, etcétera.
Continuará el próximo miércoles
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