Alejandro José Ortiz Sampablo
Última de cuatro partes
Cuando “surgen” problemas entre padres e hijos, son comunes las quejas que los primeros hacen de estos últimos: que se la pasan viendo el celular, que están todo el tiempo en su recámara y hacen nada, que contestan de mal humor al solicitarles una actividad y que por más que les dicen que hagan las cosas, no las realizan; entre muchas más.
El autoengaño en la educación de los hijos
Cuando los padres se encuentran en tal punto con los hijos, difícilmente se percatarán de lo que originó tales situaciones, y cuando logran tener indicio de lo que los llevó a eso, por lo general intentan resolverlo con acciones que agravan la relación entre ellos o ellas y sus hijos, esto en uno de los casos.
En otro caso, la denegación —mecanismo de defensa del Yo— opera de manera distinta. Al estilo del dicho “después de la tormenta llega la calma”, hay gritos y pelea para que, después, el sentimiento de culpa haga su trabajo y así los padres se olviden del problema por un tiempo. Este último fenómeno es parecido al que eventualmente antecede a la desidia de los hijos o al reforzamiento de la misma.
Una actitud común que los padres adoptan después del sentimiento de culpa, es la de hacer como que no pasa nada, actitud similar a la que en muchas ocasiones adoptaron ante la disposición psíquica que el hijo manifestó siendo pequeño, pero que en esa época imaginaron que con sólo decirle las cosas o sentencias sería suficiente para educarlo.
Si observamos con detenimiento, podremos constatar que uno de los motivos del por qué adoptaron dicha actitud, es porque los padres terminaron por privilegiar su mundo, antes de ejecutar la educación de los hijos; de alguna manera hacen o hicieron lo mismo que el joven hijo.
Placer de órgano y fantasmas femeninos
¿Cuántos padres cuando realizan alguna actividad en casa —si es que la hacen— llaman al hijo a que los ayude? Las mamás, cuando lavan, hacen la comida o el aseo, ¿llaman al hijo para que lo realicen en conjunto? Son pocos padres y madres que crean una tradición de enseñar desde pequeños a los hijos a participar en el orden de la comunidad familiar, es decir, de llevar a los hijos a considerarse también responsables de la limpieza y del orden, y que reciban los beneficios de ello. Esto último resulta difícil ejecutarlo.
En el caso del hombre, si desea ejecutar su función paterna, debe renunciar a varias cosas, ya que su tendencia psíquica está marcada por el placer, al cual le llamamos en Psicoanálisis “placer de órgano”, lo que hace que su vida esté dirigida mayormente por dicha tendencia, la cual debe atemperar para ejecutar su función.
Lo mismo debe hacer con su omnipotencia y con la necedad que le brinda su visión del mundo, entre otras condiciones psíquicas. Y por el otro lado, las cosas también se tornan complejas, pues son los fantasmas femeninos los que terminan por dirigir la manera en que la mujer ejerce su maternidad; pero explicar esto requerirá de varias notas más adelante.
Continuará el próximo lunes…
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