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Consultorio del alma. Cuenta conmigo / Psicoanálisis, Política y Ciudadanía / Ángel y el terrorismo psicológico

Este tipo de diagnósticos en muchas ocasiones termina por privilegiar el control por encima de la escucha.
Foto(s): Cortesía
Redacción

Alejandro José Ortiz Sampablo

Hace algún tiempo conocí a un pequeño de ocho años, a quien llamaré Ángel para conservar su anonimato; aunque seguramente es la historia de muchos niños.

Mote y diagnóstico

Diagnosticado con TDAH, Ángel se levanta todas las mañanas sin deseo de ir a la escuela, conducta que muchos padres viven de forma cotidiana sin preguntarse el verdadero motivo de esta conducta, pues adjudican tal desgano a la flojera de los niños.

En el salón de clases tiene el mote de chico problema, pues no obedece las indicaciones del maestro, es en extremo distraído y tiene una fijación por los plumones ya que su gusto por dibujar parece dominarlo, además de aprovechar cada momento para realizarlo en el salón de clases. A lo anterior, agreguemos que llega a expresarse de manera grosera e incluso a emitir distintas amenazas a sus compañeros cuando estos intentan corregirlo.

Este tipo de diagnósticos en niños en muchas ocasiones termina por privilegiar el control por encima de la escucha de aquello que le acontece al pequeño en cuestión. Lo que lleva a que este quede indefenso ante los ideales —llamémoslos narcisistas—que los padres han depositado en él, lo que a la postre, el niño paga con su síntoma. Así mismo, en el salón de clases un alumno con este diagnóstico eventualmente plantea un sinnúmero de situaciones incómodas para las y los profesores, por un lado, están los ideales de educación y por el otro de la moral de esta época, ideales que, dicho sea de paso, van de lo severo a lo absurdo.

 

Camisa de fuerza

Que los padres y profesores se rindan a tales ideales es comprensible, primero por las expectativas que hacen de los pequeños y de ellos mismos; en segundo lugar, porque vivimos en la época del terrorismo psicológico. Pues para aquel niño que no se ajuste a los parámetros escolares y sociales, está un diagnóstico a la espera. Ángel es víctima de estas circunstancias.

Sus compañeros de grupo también se vuelven partícipes de ese terrorismo, pues al parecer Ángel se volvió objeto de observación y juicios; a la menor conducta que ellos consideran inadecuada lo acusan de manera inmediata con las autoridades escolares. Llama la atención que la mayoría de las expresiones de Ángel no provocan daño alguno, no alteran el orden ni están dirigidas a alguien en específico, a veces sólo toma los plumones y se tira en el piso para dibujar en lugar de seguir indicaciones.

 

La educación de los niños es más sencilla de lo que parece, pero los adultos no prestamos atención a lo que sus conductas nos dicen de manera velada, sólo dedicamos tiempo para llamar la atención o sancionar. La conducta es la expresión de lo que llamamos vida interior, en donde existe un registro que resulta en una dinámica particular; en este caso, aquello que vive el niño, la experiencia que hace de ello, el cúmulo de afectos que se despiertan, todo esto tamizado por procesos de pensamientos.

Los adultos somos los encargados de dirigir y educar a los hijos, lo que implica coartar sus impulsos infantiles. Siempre será la escucha y observación las mejores herramientas para auxiliarnos en ello, una consecuencia inmediata de este tipo de diagnósticos es que, como padres, dejamos de ver lo que nuestro actuar y relación con los hijos implica en sus expresiones afectivas, de conducta y su relación con el mundo.

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