Rafael Alfonso
Este viernes en La hora del deseo
Una exhaustiva descripción de mí mismo tendría que referir que me considero bueno, generoso, amable, simpático, justo, honrado y trabajador. Entre las muchas virtudes que me adornan, enlisto las mencionadas y otras las omito sólo por dar cabida a la modestia. Antes de que termine por resultarles antipático, pasemos al primer apartado.
El ideal del Yo
El Yo es la instancia psíquica que se encarga de gestionar nuestro contacto con el mundo exterior y con la que nos identificamos. Este Yo, a medida que se desarrolla se consolida pretendiendo una hegemonía, es decir, una idea completa de lo que es él mismo y para preservar dicha hegemonía va a montar una serie de ilusiones, dicho en otras palabras, va a recurrir al autoengaño. No tengo la menor duda de que toda esta lista de cualidades que les acabo de referir de manera genuina, seguramente contiene mucho de mi autoengaño. Para los psicoanalistas esto es claro, porque apenas pasamos a análisis comenzamos a darnos cuenta de que muchas veces nuestras acciones y nuestros hábitos contravienen el ideal que tenemos de nosotros mismos.
Un ideal mucho más amplio
Muchos pensadores y filósofos han propuesto formas de interpretar el mundo y también cómo debe ser nuestra relación con los demás. En ese momento hablamos de ideologías. Las ideologías están presentes en las sociedades desde su aparición y se construyen en torno de un pensamiento central, que guía la acción de un conjunto de seres humanos. Resultado de la presencia de las ideologías es el conjunto de valores que profesamos.
Aunque, en principio, las ideologías fueron religiosas, al paso del tiempo las sociedades generaron ideologías desprovistas de cualquier relación con la divinidad. En la actualidad, lo común es que un ser humano sea atravesado por varias ideologías (religiosas, políticas y sociales) y que se encargue de hacerlas convivir dentro de su ser, sin que esto le represente problema alguno.
Más allá de la ideología
A diferencia de un sistema de creencias donde se propone un ideal que alcanzar, en el psicoanálisis sabemos que lo que prevalece es el ideal del propio Yo. Ateniéndonos a la información que llega a la clínica, identificamos las discrepancias o contradicciones que existen entre lo que un ser humano quiere hacer de su vida y el lugar a donde lo lleva aquello que conocemos como vida anímica.
Por ejemplo, bastante se ha criticado Sigmund Freud por conferirle una importancia excesiva a la sexualidad humana, pero en la clínica nos anoticiamos de la importancia que ésta tiene para cada uno de los seres humanos en lo particular, y de que muchos de nuestros conflictos vitales están enraizados ahí. Si bien, las distintas ideologías no ignoran la vida sexual, sí la supedita en mayor o menor medida a los ideales de su doctrina. La ideología nos marca carriles bien definidos por dónde debe transitar nuestra vida sexual, sin embargo, los psicoanalistas sabemos que ésta corre por caminos insospechados. Así nos anoticiamos de cristianos atormentados por sus impulsos sexuales, liberales que anhelan formalizar su amor o de feministas viviendo relaciones de pareja asimétricas o incluso violentas.
Una vez en análisis, solemos sorprendernos cuando, con ayuda de nuestro psicoanalista, nos percatamos de que muchas de nuestras conductas contravienen los valores con los que nos hemos formado o que creemos tener bien asimilados.
Como analistas, sabemos que los pacientes llegan a la clínica con sus propios conflictos pero, además, con sus propias creencias. De éstas somos profundamente respetuosos, porque forman parte importante de su experiencia de vida y de su propio ideal del Yo.
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