Gregorio Melgar Valdés
¡Oh, qué impresión! Sol, sí, sí había, mucho, paseantes también, autos y demás. ¡Pero, puerta! No, por más que busque, no había puerta. Aquella puerta inmensa de madera antigua de mi imaginario, no, no, existía.
No piensen que me quedé a velar mis armas, ¡no señor!, pregunté por la puerta; no faltó un atento madrileño que viendo mi confusión me orientó: "Vea usted -me dijo-; si queréis ver lo que es una puerta, debéis ir a visitar 'La puerta de Alcalá', os dejará sorprendido, esa sí que es una gran puerta, vale”. Debéis ir a la entrada del 'Parque del Retiro'; vamos, que no hay pierde, hasta un ciego llegaría".
Fustigado con tamaño desafío, acepté el reto, ¡un mexicano no se arredra a la primera! Ágil de pensamiento me dije: “Si es el Parque del Retiro, ha de quedar lejos”. Consulté mi descriptivo y colorido mapa de la ciudad (ojalá y en mi bella ciudad a alguien se le ocurriera dotar de mapas-guías a los turistas), y ¡a caminar “mi bella dama”! No muy lejos, después de quince o veinte minutos llegamos a la “Puerta de Alcalá”: Un soberbio monumento de fina piedra adornado con tres grandes arcos y bellos crespones, dedicado -el monumento- al Ilustre Borbón Carlos III, por no sé qué cosas hizo y quien sabe a quién corrió de sus extensos territorios. Pero puertas, puertas, no había; según me enteré más tarde, algunos separatistas vascos se las habían llevado. Tomé mis fotos como cualquier discreto turista japonés interesado en la cultura ibérica, y nos marchamos en poco más de diez minutos. De regreso a la “Puerta del Sol”, comimos un delicioso y popular “Rabo de Toro”, en el popular restaurante “La Carmela”, del popular Barrio Árabe. En un sitio tan castellano me abstuve de pedir un mesoamericano tequila, pero en cambio degusté dos ricas copas de buen tinto español.
Por la noche, ya descansando en la “amplia” habitación de nuestro hotel, advertimos que sin dificultad se podían escuchar las charlas y “otros ruidos” emitidos por los huéspedes vecinos, por lo que decidimos bajar el volumen de las nuestras y me afané en programar las visitas para el siguiente día: me enteré de que un paseo infaltable era el de “La Gran Vía”; inmediatamente, con mi ágil discernimiento argumenté: “si hay una gran vía, debe de haber sin duda un gran tren”, ¡así que vayamos!
A la mañana siguiente, con el antecedente del día anterior, el baño era indispensable.
