Alejandro José Ortiz Sampablo// Primera de cinco partes
Esta es la cuarta serie de notas que inicié con el propósito de explicar el reto que se encuentra delante de nosotros y estamos dejando de lado.
La comodidad del Yo, delegar
La crisis sanitaria que hoy vivimos, puso al descubierto cómo los padres hemos entregado la educación de nuestros hijos a los profesores. Puesto que a la entidad psíquica llamada Yo le es conveniente delegar a dedicar el tiempo y esfuerzo requerido para transmitir a los hijos la educación necesaria para relacionarse con el mundo, son los profesores quienes de manera cotidiana lidian con la falta de cimientos en la educación de nuestros niños, adolescentes y jóvenes, que los padres no hemos forjado.
Esta última palabra puede ser estridente para algunos, principalmente por lo que una forja implica. Para este procedimiento son requeridos golpes, fuego y agua para templar la pieza, y de antaño muchos padres excusaron su violencia y en otros casos su sadismo, con la idea de que la educación tendría que ser de esa manera; de ahí el dicho popular “La letra con sangre entra”; pero esto lo he tratado en notas anteriores, por lo que no me detendré a exponerlo.
Una fuerza imparable
Para quien me sigue en esta explicación desde la primera serie de notas que tuvieron como título “La crisis del futuro, el hoy de nuestros hijos. Problemas de moralidad”, podrán percatarse que he realizado nuevamente una pausa. En la serie anterior nos estacionamos en el momento en que Juan y Alondra se encontraron por primera vez, padres de nuestro joven de este siglo, de quien no podremos entender lo que le acontece si no tomamos en cuenta dicho antecedente. Pero no sólo la historia individual de la madre y del padre influirán en la educación de él, ni aquella que Alondra y Juan crearán como pareja.
Pues si bien lo anterior influirá en el acontecer de su hijo, estas no son determinantes en la disposición psíquica que él adoptará ante la vida, ya que hay una fuerza propia del ser humano, la cual al parecer nos ha acompañado desde el origen de nuestra especie, que es donde radica la verdadera causa del padecer del hijo de nuestros protagonistas. Entonces, me podrán reprochar, ¿qué sentido tiene contar la historia de los padres, si esta no es la determinante?; la respuesta la obtenemos con la premisa de la existencia de dicha fuerza, pues al igual que en el hijo, en Juan y Alondra también existe, y desde ella responden a los estímulos que el hijo implica en cada uno.
La pulsión
Esta fuerza tiene cualidades, entre las cuales destacan que es incoercible y empuja de manera constante; algunos la han confundido por su similitud con el instinto; sin embargo, esta destaca porque se engarza con los afectos, principalmente con el amor, el odio y todo aquello que depare placer.
Continuará el próximo sábado…
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