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Cuando una mujer muere

Foto(s): Cortesía
Redacción

Por Dina Ramírez Gutiérrez

La reciente partida de mi querida tía Cecilia, me hizo volver los pasos sobre una reflexión que dejé inconclusa, debido a la pena que provoca una pérdida. En aquella ocasión fue la muerte de otra tía amada, Irma. Dicha reflexión rezaba de la siguiente manera: “¡Cuántos saberes se pierden cuando una mujer se va de este mundo!”.

Mientras pensaba que mis primos perdieron a su madre, mi tío a la mujer con la que compartió su vida por más de cincuenta años y los sobrinos a una tía consentidora recordabalo que ella me había enseñado y no me enseñaría más.

Tía Irma trabajó muchos años en el Sistema para el Desarrollo Integral de la Familia (DIF) de Santa María Huatulco, impartiendo cursos de costura. Un día me contó con orgullo, que podía enseñar a coser a otras mujeres tan solo con una cinta métrica y papel periódico. Así lo hizo conmigo. Todavía recuerdo el vestido de corte princesa que me hizo para mi fiesta dequince años y la promesa que no pudo cumplir. La última vez que me vio, me dijo: “Ya séque te voy a hacer, ¡una batita!”. Tomó las medidas y seguimos platicando felices. No sentíamos el correr del tiempo.

Por su parte, Tía Cecilia desde pequeña comenzó a trabajar en su pueblo, cuidando a sus hermanitos, pastoreando chivos, sembrando y moliendo. Ella recibió de herencia la fortaleza de las mujeres mixtecas. Cuando creció, partió con sus padres a la ciudad de México para trabajar, desde entonces desarrolló su arte en el bordado. Recuerdo verla sentada bordando con destreza manteles, fundas y blusas, al mismo tiempo que me decía animadamente,“¡Dina, que bueno que viniste!” y me invitaba a comer con ella.  Hace años una larga enfermedad fue apagando su fuerza motriz pero no su energía vital, cuentan sus nietas quehasta su último aliento entonaba sus “cantitos”. Mi madre le compró un mantel que ella bordó con mucho cariño. Cada que veo el bordado de las flores, imagino la dedicación que imprimió a cada pieza.

Al escribir la presente nota de una reflexión inconclusa, volví a sentir pena por estas ausencias. No hay más abrazos, consejos, recetas ni sonrisas al vernos. No hay más enseñanzas que heredar, sólo queda el recuerdo cada vez que aplico lo que aprendí con ellas.

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