Alejandro José Ortiz Sampablo
Al final de la nota que antecede a esta en la presente serie, mencioné que será la omnipotencia y el narcisismo del Yo lo que le impedirá al psicólogo o psicoanalista novel adquirir aquello que le es necesario para ejecutar su arte de la mejor manera. Podría decir que este par de dificultades no son ajenas a todo ser humano, pues son el resultado de procesos psíquicos; sin embargo, para quienes nos dedicamos al estudio de la vida psíquica, es preciso rebajarlas hasta donde sea posible.
La misma gata
Quienes ingresamos al campo de la Psicología en el siglo pasado, debimos echar mano de ciertas cualidades de carácter para lidiar con la omnipotencia del pensamiento y el narcisismo, como son: docilidad, paciencia, prudencia, entre otras. En un corto tiempo, por no tenerlas, nos vimos forzados a desarrollarlas, y como podrán notar, muchos no lograron ese tránsito. La evidencia es fácil de encontrar.
Hoy, los jóvenes que ingresan al campo de la Psicología afrontan algo nuevo, que se agrega a aquellas dificultades que nosotros enfrentamos; me refiero a los procesos cognitivos que en ellos no alcanzaron su máximo desarrollo por el tipo de educación y formación que les brindamos.
Esto dio como resultado que los jóvenes —no sólo quienes optaron por la Psicología— desarrollaran al máximo dos cualidades psíquicas: la poca disposición a la postergación del placer o el confort, y la nula tolerancia al displacer.
Lo anterior es reforzado por diversos discursos; de ello podemos encontrar rastros principalmente en comerciales publicitarios de las décadas pasadas, como aquel que invitaba a “Vivir la vida sin consecuencias”; por fortuna, esto lo pueden rastrear en la plataforma digital youtube. Ahora bien, para quienes somos padres, también podemos encontrar en nuestra memoria dicho rastro, de cómo adoptamos los discursos que empujaban a evitar el displacer y brindar el mayor confort posible a nuestros hijos.
Un problema recurrente, el olvido
Si hacemos memoria, sabremos que si los jóvenes de hoy no desarrollaron ciertos procesos cognitivos, que al parecer sólo maduran al realizar actividades propias del hogar y aquellas que implican el vivir en familia o en comunidad, fue porque nosotros dejamos de enseñárselas. Esta displicencia encontró buena justificación en que, para transmitir dicha formación, es necesario “forzar” al pequeño; a ello debemos agregar que de antaño dicho forzamiento se realizó con violencia excesiva, al estilo del proverbio “La letra con sangre entra”, y que la tendencia del ser humano es la de evitar cualquier estímulo que lo perturbe.
Por la evidencia, es de entender que muchos hombres y mujeres concluyeron que habría que evitarle a los hijos las vivencias desagradables que ellos tuvieron, y no que estos tendrían que aprender a participar en las labores aludidas al inicio del párrafo, solo que no al modo del proverbio citado.
Por lo dicho, podrán deducir que quienes optaron por la carrera de Psicología tienen una tarea difícil, pues de no resolver en sí mismos lo mencionado, lejos estarán de ejecutar su arte, ya no digamos de la mejor manera, pues estarán imposibilitados a ejecutar su método de investigación, pues sólo tendrán su propia lente para observar el fenómeno psíquico, constituida por la omnipotencia del pensamiento, el narcisismo y una realidad que tiende al placer inmediato y a evitar el displacer a costa de lo que sea.
Es al advertir este fenómeno psíquico que alcanza a lo social cuando proponemos al Psicoanálisis como el método idóneo para hacerle frente.
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