Fausta Ibáñez Ríos
Segunda de dos partes
La semana pasada hablamos de cómo, ante la falta de contacto con otro, se genera un vacío que, en estos días, es común llenarlo con pantallas, consumiendo irreflexivamente todo lo que muestran. Y si hablamos de pantallas, eso también ha cambiado la forma de educar y criar. Antes los niños aprendían a convivir jugando en la calle, escuchando a los adultos, resolviendo conflictos cara a cara. Hoy muchos niños pasan más tiempo frente a un dispositivo que con sus propios padres. No es raro ver familias enteras en la mesa, cada uno con su celular, sin hablarse. ¿Y cómo se transmite la ley, la cultura, los valores, si no hay palabra, si no hay encuentro?
Donald Winnicott, otro psicoanalista clave, decía que un buen entorno para un niño no es uno perfecto, sino uno “suficientemente bueno”. ¿Qué quería decir con eso? Que el niño necesita ser amado, sí, pero también necesita que se le pongan límites, que le digan que no cuando haga algo peligroso o dañino, que aprenda que no siempre se puede, porque solo así va construyendo un yo capaz de vivir con otros, de aceptar diferencias, de sostener frustraciones.
Cuando estas experiencias faltan —cuando hay exceso de permisividad o abandono afectivo— lo que se debilita, no es sólo el niño, sino el tejido social en general, porque esos niños y adolescentes serán adultos que quizás no sepan vincularse desde el respeto, que no se sientan parte de una comunidad, que no reconozcan la importancia del otro.
¿Y entonces, qué hacemos? ¿volver a los castigos, al grito, al autoritarismo? No, claro que no. No se trata de irnos al otro extremo. Se trata de que los adultos nos animemos a tomar conciencia de la importancia de nuestra vida psíquica, de sus implicaciones en nuestras relaciones con las nuevas generaciones, de ocupar nuestro lugar, de tomar una postura, porque cuando el adulto se aparta, cuando no hay referentes, el niño queda desamparado. Y no hay nada más angustiante para un niño que tener que ponerse en el lugar del adulto, porque el adulto no está.
El tejido social no se construye sólo con políticas públicas ni con campañas en redes sociales. Se construye todos los días en la vida cotidiana, cuando un padre sostiene un límite con ternura, cuando un maestro no se deja desautorizar, cuando un adulto escucha, pero también guía. Se construye cuando alguien se anima a decir: “Esto no”, aunque le cueste, porque sabe que a largo plazo eso es lo mejor.
El psicoanálisis nos recuerda que criar y educar no es sólo acompañar, es también introducir al niño en el mundo simbólico, en la cultura, en la ley. Y eso no se hace sin conflicto, sin límites, sin palabra.
Si queremos sanar el tejido social, necesitamos involucrarnos todas y todos, y darle valor al cuidado de nuestra vida psíquica para resolver aquellos conflictos que nos impiden reconocer a los otros, y a nosotros mismos como parte del tejido social.
¿Quieres saber más? Escúchanos por Vasconcelos Radio este viernes a la una de la tarde. Pide informes a los teléfonos 951 244 7006/ 951 132 85 34 y ¡Hazte escuchar por un psicoanalista del INEIP A.C.! Síguenos en Facebook: Instituto de Estudios e Investigación Psicoanalítica A.C.-INEIP
