Fausta Ibañez Ríos
Primera de dos partes
Hoy en día hablamos mucho sobre las nuevas formas de educar y criar, se habla de la llamada “crianza respetuosa” en el hogar, de dejar que los niños se expresen, de evitar los castigos, de no imponer, de acompañar.
En las escuelas, vemos cómo se deja atrás el modelo tradicional del maestro autoritario y se promueven ambientes más flexibles, donde los estudiantes son protagonistas. Por supuesto, muchos de estos cambios han tenido efectos positivos. Nadie quiere regresar a los tiempos en que los niños no podían hablar, donde todo era gritos, golpes o donde se ponía freno a la emoción.
Sin embargo, también hay algo que no estamos mirando con suficiente atención: que estas formas de crianza y educación, muchas veces no se entienden bien o se aplican sin conciencia, por lo que pueden estar debilitando algo muy importante, el tejido social, ese entramado invisible que nos une, que nos permite convivir y sostenernos unos a otros.
Desde el psicoanálisis puede haber una explicación de ciertos fenómenos. La mirada psicoanalítica nos invita a entender cómo se estructura la psique humana, su dinámica, las leyes a las que obedece y la trascendencia que tiene para la propia persona y a la hora de relacionarnos con los demás. Los psicoanalistas tenemos mucho que decir al respecto.
Freud ya lo había dicho hace más de un siglo: “para vivir en sociedad el ser humano tiene que aprender a renunciar a ciertos impulsos, a ciertas satisfacciones inmediatas”. No puedo tener todo lo que quiero, no puedo decir o hacer todo lo que siento, y eso no es necesariamente un perjuicio, si no parte de lo que nos permite vivir juntos. Para eso está la educación, para eso está la crianza, para ayudar al niño a ir entrando poco a poco en ese mundo donde es imprescindible que existan normas, frustraciones, límites y a la vez se aprenda a convivir con los deseos ajenos.
Pero, ¿qué pasa si los adultos por miedo a traumar, por cansancio, por culpa o por otros conflictos que muchas veces no hemos resuelto, dejamos de poner esos límites? ¿Qué pasa si pretendemos evitar a nuestros hijos la frustración a toda costa? ¿Qué pasa si los padres vivimos con heridas de la infancia? Pues lo que vemos muchas veces: niños y jóvenes que no toleran un no, que se frustran con facilidad, que no saben esperar, que se desaniman ante el primer obstáculo, que no logran construir vínculos estables, porque no aprendieron que el otro también importa, que el mundo no gira en torno a ellos.
Lacan, otro psicoanalista muy importante, decía que el ser humano necesita encontrarse con “la falta” para poder desear. ¿Qué significa eso? pues que si un niño lo tiene todo, si nadie le dice que no y si no encuentra obstáculos en su camino, no va a desarrollar un deseo propio; y sin deseo, no hay proyecto, no hay búsqueda, no hay vínculo. Lo que queda es un vacío que muchas veces se llena consumiendo sin moderación, con pantallas, con violencia y aislamiento.
Continuará el próximo miércoles…
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